AUTORIDAD ESPIRITUAL

LA IMPORTANCIA DE LA AUTORIDAD 

Romanos 13.1-7

El trono de Dios se fundamenta en la autoridad

Los hechos de Dios proceden de su trono y éste se fundamenta en su autoridad. Todas las cosas son creadas por la autoridad de Dios y todas las leyes físicas del universo se mantienen por esta misma autoridad. Por esto la Biblia se refiere a ello expresando que Dios “sustenta todas las cosas con la palabra-de su poder”, lo que significa que sustenta todas las cosas con la palabra del poder de su autoridad, porque la autoridad de Dios representa a Dios mismo, mientras que su poder representa sus hechos. El pecado contra el poder es perdonado con más facilidad que el pecado contra la autoridad, porque este último es un pecado contra Dios mismo.

Sólo Dios es autoridad en todas las cosas, porque todas las autoridades de la tierra son instituidas por él. La autoridad es algo de Importancia sin igual en el universo; no hay nada que la sobrepase. Por consiguiente, es imperativo que los que deseamos servir a Dios conozcamos su autoridad.

El origen de Satanás

El querubín, se convirtió en Satanás cuando sobrepasó la autoridad de Dios, compitiendo con él y volviéndose de este modo un adversario suyo. La rebelión fue la causa de la caída de Satanás.

Tanto Isaías 14.12-15 como Ezequiel 28.13-17 se refieren al ascenso y caída de Satanás. Sin embargo, el primer pasaje pone énfasis en cómo Satanás infringió la autoridad de Dios mientras que el segundo pone de relieve su transgresión de la santidad de Dios.

Ofender la autoridad de Dios es una rebelión mucho más grave que la de ofender su santidad. Puesto que el pecado se comete en la esfera de la conducta, se lo perdona con más facilidad que la rebelión, pues ésta es una cuestión de principios.

Al servir a Dios no debemos desobedecer a las autoridades porque el hacerlo es un principio de Satanás. Sin embargo es posible que en nuestra obra estemos con Cristo en la doctrina a la vez que con Satanás en los principios.

Satanás no tiene temor de que prediquemos la palabra de Cristo; pero cuánto teme que estemos sujetos a la autoridad de Cristo. En la oración que nuestro señor enseñó a su iglesia, las palabras “no nos pongas a prueba” señalan la obra de Satanás, mientras que las palabras “líbranos del maligno” se refieren directamente a Satanás. Inmediatamente después de estas palabras, el Señor hace una declaración muy significativa: “Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por siempre. Amén” (Mateo 6.13, Versión popular). Todo reino, autoridad Y gloria pertenecen a Dios, y a Dios solo. Lo que nos libra totalmente de Satanás es el ver esta preciosísima verdad: que el reino es de Dios. Puesto que todo el universo está bajo el dominio de Dios, tenemos que someternos a su autoridad. Que nadie le robe la gloria a Dios.

Predicamos el evangelio para traer a los hombres bajo la autoridad de Dios; pero ¿cómo podremos establecer su autoridad en la tierra si nosotros mismos no hemos tenido un encuentro con ella? ¿Cómo podremos tratar con Satanás?

Antes de conocer la autoridad, Pablo trató de destruir a la iglesia; pero luego que se encontró con el señor en el camino a Damasco, vio que le era dura cosa a sus pies (el poder humano) dar coces contra el aguijón (la autoridad de Dios). Inmediatamente, cayó al suelo y reconoció a Jesús como señor. Después de eso, pudo someterse a todas las instrucciones que Ananías le dio en Damasco, pues Pablo había tenido un encuentro con la autoridad de Dios.

¿Cómo habría podido Pablo, siendo una persona inteligente y capaz, escuchar las palabras de Ananías -un desconocido hermanito a quien se lo menciona una sola vez en la Biblia-si no hubiera tenido un encuentro con la autoridad de Dios?

Esto nos muestra que quien ha tenido un encuentro con la autoridad trata simplemente con ella y no con el hombre. No miremos al hombre sino sólo a la autoridad de que está revestido. No obedecemos al hombre sino a la autoridad de Dios en ese hombre.

La obediencia a la voluntad de Dios: la mayor exigencia de la Biblia

autoridadaLa mayor de las exigencias que Dios impone al hombre no consiste en que lleve la cruz, sirva, dé ofrendas o se niegue a sí mismo. La mayor exigencia es que obedezca. Dios le ordenó a Saúl que atacara a los amalecitas y los destruyera por completo. (1 Samuel 15). Pero después de la victoria, Saúl perdonó a Agag, rey de los amalecitas, junto con lo mejor de las ovejas y bueyes, de los animales engordados, de los corderos y de todo lo bueno. Saúl no quiso destruirlos; argumentó que los habían dejado para sacrificarlos a Dios. Pero Samuel le dijo: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 de Samuel 15:22).

Para que se manifieste la autoridad, debe haber sumisión. Si ha de haber sumisión, es necesario excluir el yo; pero según nuestro yo, la sumisión no es posible. La sumisión sólo es posible cuando uno vive en el Espíritu. Esta vida en el Espíritu es la suprema expresión de la voluntad de Dios.

La oración de nuestro Señor en Getsemaní

Hay quienes creen que la oración de nuestro señor en Getsemaní, cuando su sudor caía hasta la tierra como grandes gotas de sangre, se debió a la debilidad de su carne, a su temor de beber la copa. De ningún modo, porque la oración de Getsemaní se basa en el mismo principio que 1 de Samuel 15.22.

La voluntad representa la autoridad. Por consiguiente, conocer la voluntad de Dios y obedecerla es someterse a la autoridad. Pero ¿cómo podrá uno someterse a la autoridad si no ora ni tiene el valor para conocer la voluntad de Dios? “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” dice el Señor (Juan 18.11). Aquí él sostiene la supremacía de la autoridad de Dios, no la de su cruz.

Aun la cruz, el enigma del universo, no puede ser superior a la autoridad de Dios. El Señor mantiene más la autoridad de Dios (la voluntad de Dios) que su propia cruz (su sacrificio). Al servir a Dios, no somos llamados a optar por la abnegación o el sacrificio, sino más bien a cumplir el propósito de Dios. El principio básico no consiste en preferir la cruz sino en obedecer la voluntad de Dios.

El derrocar la autoridad de Dios es derrocar a Dios. Por eso es que la Escritura dice: “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, Y como ídolos e idolatría la obstinación” (1 de Samuel 15.23).

Conocer la autoridad es tan práctico como conocer la salvación, pero es una lección más profunda. Antes de poder trabajar para Dios, tenemos que ser derrocados por su autoridad. Toda nuestra relación con Dios está regulada por el hecho de si hemos tenido o no un encuentro con la autoridad. Si ya lo hemos tenido, nos encontraremos entonces por todas partes con la autoridad y, refrenados así por Dios, podrá él comenzar a utilizarnos.

Cómo actuaron nuestro Señor y Pablo cuando fueron Juzgados

Mateo 26 y 27 registran el doble juicio a que fue sometido nuestro señor Jesús después de su arresto. Ante el sumo sacerdote fue enjuiciado desde el punto de vista religioso, Yante Pilato desde el punto de vista político. Cuando Pilato lo juzgó, el Señor no contestó, porque él no estaba bajo jurisdicción terrenal. Pero cuando el sumo sacerdote lo conjuró por el Dios viviente, entonces sí respondió. Esto es obediencia a la autoridad.

Además, como se consigna en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 23, cuando Pablo era juzgado, se sometió prontamente al descubrir que Ananías era el sumo sacerdote de Dios. Por consiguiente, los que trabajamos debemos enfrentarnos cara a cara con la autoridad.

En Mateo 7.21-23 vemos que nuestro señor reprende a los que en su nombre profetizan y echan fuera demonios y hacen muchos milagros. ¿Por qué los desaprueba? Porque hacen de sí mismos el punto de partida; ellos mismos hacen cosas en el nombre del Señor. Esta es la actividad de la carne. Por eso nuestro Señor afirma que son hacedores de maldad y no obreros suyos. Jesús destaca que sólo el que hace la voluntad de su Padre entrará en el reino de los cielos. Tan sólo esto es trabajo en obediencia a la voluntad de Dios, la cual tiene su origen en Dios. No estamos para buscar trabajo que hacer, sino más bien para que Dios nos envíe a trabajar.

En el mundo se está socavando cada vez más la autoridad hasta que al fin todas las autoridades serán derrocadas y reinará la anarquía. Cualquier persona que haya sufrido alguna vez un choque eléctrico sabe que de ahí en adelante no puede ser descuidada con la electricidad. De igual modo, quien haya sido golpeado una vez por la autoridad de Dios, tiene de ahí en adelante sus ojos abiertos para discernir lo que es la transgresión, en sí mismo como en otros.

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DIOS TIENE UNA UNIVERSIDAD

Es una escuela pequeña. Pocos se inscriben, todavía menos se gradúan. Muy, muy pocos en realidad. bienestar-universitario-de-la-universidad
Dios tiene esta escuela porque no tiene hombres quebrantados de corazón. Más bien tiene otros tipos de hombres. Tiene hombres que afirman ser la autoridad de Dios… y no lo son; son hombres que dicen estar quebrantados de corazón… y no lo están.

Tiene hombres que son la autoridad de Dios, pero son insensatos, de corazón no quebrantado. El posee, tristemente, una mezcla espectroscópica de todo entre esos dos tipos de hombres. Tiene de todos estos en abundancia; pero hombres quebrantados de corazón, casi absolutamente ninguno.

¿Porqué hay tan pocos estudiantes en la escuela divina de la obediencia y el quebrantamiento? Por qué todos los que están en esta escuela deben sufrir mucha aflicción. Y como usted pudiera suponer, es a menudo que el gobernante no quebrantado de corazón – a quien Dios soberanamente escoge – el que ocasiona la aflicción. David fue una vez estudiante en esta escuela, y Saúl fue el medio escogido
por Dios para afligir a David.

A medida que aumenta la locura del rey, David crecía en conocimiento. El sabía que Dios lo había colocado en el palacio del rey, bajo autoridad legitima.
¿Era legítima la autoridad del rey Saúl? Si, era la autoridad escogida de Dios.
Escogida para David. Autoridad de un corazón no quebrantado, sí. Mas ordenada divinamente.
Si, eso es posible. David tomó aliento, se puso bajo las órdenes de su rey insensato, y camino la senda de su infierno terrenal.