La verdadera gran pregunta

“¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?”. Puede que usted no se dé cuenta de ello, pero cuando hace esa pregunta, está revelando mucho de lo que cree. Detrás de esa pregunta hay una serie de suposiciones que usted cree que son ciertas y mediante las cuales maneja su propia vida. Cada uno de nosotros tiene una “declaración de fe” personal y se manifiesta mediante las preguntas que hacemos.

Cada cual cree algo acerca del universo, de la vida, de la muerte, de la felicidad, de Dios, del bien, del mal y de otras personas. Estas creencias son como los axiomas en geometría, son difíciles de demostrar; pero si usted los rechaza, no puede resolver los problemas. “Es estrictamente imposible ser un ser humano, y no tener en general alguna clase de puntos de vista acerca del universo”, escribió Aldous Huxley.

Qué suposiciones están detrás de la pregunta: “¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?.

Para comenzar, al hacer esas preguntas estamos dando por supuesto que hay valores en la vida. Algunas cosas son “buenas” y otras son “malas”. Durante siglos, los filósofos han discutido el significado de lo “bueno” y de lo “que es la vida buena”, y no siempre estuvieron de acuerdo. Pero una cosa es muy cierta: Usted y yo preferimos tener la “la vida buena” antes que sufrir las “cosas malas” que pueden ocurrimos. Preferimos tener buena salud antes que la enfermedad, éxito en los negocios antes que los fracasos, buenas experiencias antes que dolor y tristeza.

Hay otra suposición detrás de nuestra pregunta: Damos por supuesto que hay orden en el universo. Suponemos que hay una causa para las “cosas malas” que suceden en la vida de las personas. Cuando ocurre una tragedia, decimos: “Mira, aquí hay algo equivocado. Esto no debiera haber ocurrido nunca”. Nuestra protesta les dice a los demás que creemos en un universo ordenado, uno que “tiene sentido”. Cosas tales como el nacimiento de un hijo imposibilitado, o el asesinato de una novia atractiva, nos parece que están fuera de lugar.

Una tercera suposición es que las personas son importantes. Pocos de nosotros preguntamos alguna vez por qué les suceden cosas malas a los tulipanes, a los peces o a los conejos. No hay duda de que a ellos también les suceden cosas malas, pero nuestra gran preocupación son los seres  humanos. Damos por sentado que las personas son diferentes de las plantas y de los animales, y que esa diferencia es importante.

Nuestra cuarta suposición es, pienso, bien obvia: Creemos que la vida merece la pena vivirla. Después de todo, si la vida no mereciera la pena vivirla, ¿para qué molestarnos en hacer preguntas? ¿Por qué no le ponemos fin de una vez y para siempre? Albert Camus lo expresó sin rodeos: “Hay solo un problema filosófico verdaderamente serio, y es el suicidio. Juzgar si merece la pena vivir o no es dar respuesta a la pregunta fundamental de la filosofía”. El hecho de que estemos luchando con estos problemas es una evidencia de que merece la pena vivir, de que no estamos montados (como solía decir el cómico Fred Allen) “en una noria del olvido”.

Podemos añadir una quinta suposición: Creemos que somos capaces de encontrar algunas respuestas y beneficiarnos de ello. Damos por sentado que somos seres racionales con una mente que funciona, y  que el mundo racional que nos rodea nos proveerá de algunas respuestas. Puede que no seamos capaces de entenderlo y explicarlo todo, pero aprenderemos lo suficiente para animarnos a enfrentar las luchas y seguir adelante. Edificada sobre esta suposición está la creencia de que somos libres para hacer preguntas y buscar la verdad. No somos robots.

De modo que si está preguntando sinceramente: “¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?”, esto es lo que usted cree:

  • Hay valores en el universo.
  • El universo es lógico y ordenado.
  • Las personas son importantes.
  • La vida merece la pena vivirla.
  • Podemos encontrar respuestas que nos ayuden.

Pero declarar simplemente nuestras suposiciones no resuelve de forma inmediata nuestros problemas. De hecho, estas suposiciones ayudan a crear toda una serie nueva de preguntas que no nos atrevemos a evitar. Si hay valores en el universo, ¿de dónde provienen? ¿Qué es lo que hace que lo “bueno” sea bueno y lo “malo” sea malo? Si el universo es racional y ordenado, y nosotros podemos entender la ley de causa y efecto, ¿cómo llegó a suceder de esa manera? ¿Y por qué son las personas importantes? ¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?

Pienso que todas esas importantes preguntas pueden ser resumidas en la que creo es la pregunta más grande de todas: ¿Cuál es el propósito de la vida? Si yo sé quién soy, por qué estoy aquí y cómo encajo yo en el plan del universo, entonces puedo entender y manejar las experiencias difíciles de la vida. Como escribió Nietzsche: “Si nosotros tenemos nuestro propio por qué en la vida, funcionaremos bien con casi todos los cómos”. O como lo expresa el proverbio romano: “Cuando el piloto no sabe a qué puerto se dirige, ningún viento le es de ayuda”.

Así, pues, la verdadera gran pregunta no es “¿Por qué les suceden cosas malas a las personas buenas?”, sino “¿Cuál  es el propósito de la vida?”. No podemos sinceramente responder a la primera pregunta sin haber respondido antes a la segunda. A menos que conozcamos cuál es el propósito de la vida, no podemos determinar qué experiencias son “buenas” y cuáles son “malas”.

Una bella historia del Antiguo Testamento nos lo ilustra muy bien. Los hermanos de José estaban celosos de él y lo vendieron como esclavo. Jacob, el padre de José, pensó que su amado hijo había muerto; pero en realidad José se encontraba sirviendo en Egipto. José pasó varios años de prueba en la cárcel, pero entonces, mediante una serie de circunstancias maravillosas, se convirtió en el segundo mandatario en el país. Como resultado de esto, pudo proteger a su padre y hermanos durante una terrible hambruna (Génesis 37—50).

Desde nuestra perspectiva humana, lo que le sucedió a José fue “malo”. Los celos y el odio son malos. Es algo malo quedar separado del padre anciano y que le vendan a uno como esclavo. Es malo que nos acusen falsamente y nos metan en la cárcel. Pero, al final, todos estos sucesos ayudaron para bien. José les dijo a sus hermanos: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (Génesis. 50:20).

En otras palabras, es mucho mejor que seamos cuidadosos al identificar las experiencias de la vida como “buenas” o “malas”, ¡porque podemos estar equivocados! Los creyentes cristianos se aferran a Romanos 8:28: “y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”.

Pero ¿cuál es el propósito de la vida?

Muchas personas creen sinceramente que la felicidad es el propósito de la vida. No estoy hablando acerca de los “buscadores de placer” que viven solo para “comer, beber y alegrarse”. Más bien me estoy refiriendo a las personas honradas que sencillamente quieren disfrutar de compañía y amor, ganar su sustento, pagar sus facturas, quizá tener una familia propia y compartir con otros las “cosas buenas” de la vida.

Puede que esté equivocado, pero me parece que la felicidad no es la meta principal de la vida, sino más bien un maravilloso subproducto. A la mayoría de las personas que conozco que hicieron de la felicidad su meta terminaron de una forma desgraciada. Pero los que invirtieron su vida en metas dignas de luchar por ellas descubrieron una medida de felicidad. A medida que maduramos en la vida, nuestras ideas de felicidad cambian; y a menudo con la madurez viene también una comprensión más profunda del dolor.

Además, hacer que la felicidad sea mi meta en la vida puede también traer consigo un elemento de egoísmo. ¡Mi felicidad puede terminar siendo su tristeza!

Sea lo que sea que lo motive a usted en la vida, debe ser algo suficientemente grande y noble para hacer que la inversión merezca la pena. La vida es demasiado corta y demasiado difícil para perderla en cosas insignificantes. “Muchas personas tienen una idea equivocada de lo que constituye la verdadera felicidad”, escribió Helen Keller en su diario. “No se obtiene mediante la satisfacción de los deseos propios, sino a través de la fidelidad a un propósito digno”.

Estoy convencido de que la vida merece la pena vivirla, a pesar de todos los problemas y dificultades, porque el ser humano está involucrado en un “propósito tan digno”. Bertrand Russell llamó al hombre un “accidente curioso en agua estancada”, y cínicamente H. L. Mencken llamó al hombre “una enfermedad local del cosmos”. Pero el hombre lleva en sí mismo la imagen de Dios y fue creado para su gloria. La antigua doctrina declara bellamente este “digno propósito”: “El hombre fue creado para la gloria de Dios y para gozarlo para siempre”.

El profeta Isaías tenía este mismo propósito en mente cuando escribió: “Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice” (Isaías 43:6, 7).

Las cosas malas no solo suceden a las personas buenas, sino que también les ocurren a un grupo selecto de “personas buenas”: los hijos de Dios. El hecho de que conozcamos a Dios como nuestro Padre y a  Cristo Jesús como nuestro Salvador no nos libra de las cargas normales de la vida, o de aquellas pruebas especiales que a veces nos vienen de improviso. En realidad, nuestra fe puede hacer que seamos un blanco especial de los ataques del enemigo.

Las cinco suposiciones que ya hemos considerado en esta enseñanza parecen dar evidencia de la realidad de Dios en este universo. Es Dios el que puso los valores en el universo y el que determina lo que es “bueno” y lo que es “malo”. Es Dios el que creó al hombre y le dio su lugar importante en la creación. Es Dios el que mantiene el orden en el universo, incluso cuando usted y yo hemos llegado a la conclusión de que algo ha ido mal. Es Dios el que hace que la vida merezca la pena vivirla.

Están aquellos que sustituyen Dios por la “evolución”.  Incluso el rabí Kushner sugiere que el dolor y las limitaciones físicas pueden significar “que el hombre hoy es solo la última etapa en un largo y lento proceso evolucionista”.

Pero si el propósito de la vida es cumplir con el proceso evolucionista, las “cosas malas” no le pueden suceder a nadie. De hecho, no podemos ni siquiera usar las palabras “bueno” y “malo” porque todo lo que ocurra en el proceso evolucionista es bueno. Las tragedias de la vida son solo ayudas para elevar más al hombre en la escala evolutiva. Además, el hombre ya no es importante por sí mismo, sino solo en  la medida en que contribuye “al largo y lento proceso evolucionista”.

Dudo seriamente de que alguna vez alguien encontrase consuelo en la tristeza o fortaleza en el dolor mediante esta creencia. Esas ideas están bien para el laboratorio o para la torre de marfil, pero pierden su vitalidad en la Unidad de Cuidados Intensivos o al lado de una sepultura.

Además, si bien la evolución puede ayudar a explicar los defectos de nacimiento u otros problemas físicos, nunca pueda ayudar a explicar la existencia del mal moral en este mundo. Es una cosa que su hija nazca con algunos defectos, pero es otra muy diferente si ella es raptada, violada o asesinada. ¿Son esas acciones malvadas una parte del “largo y lento proceso evolucionista”? ¿Es de verdad el hombre que comete esas acciones un criminal culpable o solo un agente en el proceso evolucionista?

No estoy sugiriendo que, cuando metemos a Dios en la conversación, resolvemos automáticamente todos los problemas. En realidad, introducimos algunos nuevos problemas, como veremos más adelante en otras enseñanzas. Pero sí estoy afirmando que dejar a Dios fuera de la conversación es hacer que la discusión sea innecesaria. Tenemos problemas con el mal en este mundo, no debido a nuestra incredulidad, sino por causa de nuestra fe.

El maestro de la Biblia, el doctor G. Campbell Morgan, lo expresó de esta manera: “Los hombres de fe son hombres que tienen que enfrentar problemas. Borre a Dios y terminan todos su problemas. Si no hay Dios en el cielo, entonces no tenemos problemas acerca del pecado y el sufrimiento… Pero desde el momento en que usted admite la existencia de un Dios que gobierna y es todopoderoso, se enfrenta cara a cara con sus problemas. Si usted dice que no tiene ninguno, pongo en duda la fortaleza de su fe”.