La gloria de Dios en el matrimonio

Siempre hay algo que nos motiva en la vida. Hacemos las cosas porque hay una fuerte motivación en nuestros corazones que nos impulsa a actuar de cierta manera y lograr cierto objetivo. Por ejemplo, vamos a la universidad porque nos gusta la carrera y también porque queremos buenos trabajos. Hacemos ejercicios porque queremos sentirnos bien y también porque deseamos lucir bien. Nos levantamos cada mañana para ir a trabajar porque nos gusta lo que hacemos y también porque necesitamos cubrir nuestras necesidades.

La cosmovisión del mundo sostiene que, al final, es en la motivación donde radica su propia realización y felicidad. Hacemos las cosas que hacemos porque tenemos derecho a ser felices, porque nuestros sueños deben ser cumplidos. Todo nuestro actuar está permeado por esa visión global secular. Muchas novias caminan al altar el día de su boda guiadas por esa cosmovisión. Muchos novios esperan nerviosos a sus novias en el altar, poniendo todas sus esperanzas en que esa mujer ha llegado para hacerlos felices.

Los matrimonios que comienzan con esta visión de buscar su felicidad propia están, desde mi perspectiva, destinados al fracaso. Destinados al fracaso si definimos que el éxito en el matrimonio es que Dios sea glorificado. Quizás no todos terminan en divorcio, pero con esa visión egoísta, un matrimonio no puede cumplir la misión para la cual fue diseñado. Mientras el propósito del matrimonio sea la satisfacción personal de cada individuo, el mismo puede parecer perfecto en las redes sociales, pero no está cumpliendo la función primordial del diseño de Dios que es glorificarlo a Él. Para que un matrimonio pueda hacer esto, ambos miembros deben desear glorificar a Dios individualmente y esto requiere morir a sus deseos individuales para juntos vivir para un propósito eterno.

Descubramos un principio general que servirá para el matrimonio y para cualquier área de nuestra vida. «El propósito principal de un ser humano es dar gloria a Dios y disfrutarlo por siempre». El apóstol Pablo enseñó con absoluta claridad que debemos hacerlo todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). Dar gloria a Dios es el tema central de la Biblia.

Una y otra vez se nos recuerda que Dios merece toda gloria y que fuimos creados para darle gloria al que merece toda la gloria. La gloria de Dios es un concepto que permea toda la Biblia. Los reformadores entendieron que todo es para la gloria de Dios. Su gloria es el reflejo de todo lo que Dios es en sí mismo. Su infinita perfección y Su santidad hacen que Dios sea glorioso. Nosotros los creyentes, cuando somos salvados por el sacrificio substitutorio de Jesús, somos transformados, la imagen de Dios comienza a ser restaurada en nosotros y comenzamos a reflejar la gloria de Dios por Su gracia.

Este propósito es visible desde el Edén. Dios nos crea a Su imagen y semejanza para ser Su reflejo en este mundo y nos encomienda la tarea de sojuzgar Su creación para Su gloria. El Señor le recuerda a Israel, vez tras vez, que Él no comparte Su gloria con nada ni nadie (Isa. 42:8). El apóstol Pablo nos dice que la motivación detrás de la elección incondicional divina es la gloria de Dios (Romanos 9:23). Existe mucha evidencia bíblica que confirma que hemos sido creados para dar gloria a Dios. Ese es nuestro propósito, para eso Dios nos creó y, aún es más importante para el creyente porque para eso Dios lo salvó.

En oposición a la visión del mundo, la cosmovisión cristiana está basada en que fuimos creados para la gloria de Dios. Me pregunto entonces, ¿por qué los matrimonios cristianos lo olvidan o no lo toman en cuenta? Podría decir que los problemas matrimoniales con mi esposa o de los que escucho durante la consejería matrimonial se resumen en que uno de los cónyuges, o ambos en el matrimonio, no están dando gloria a Dios.

Si nos detuviéramos a analizar el motivo del conflicto en un matrimonio que se manifiesta en que ella está deprimida o él es agresivo, en que la esposa es sarcástica o el esposo no muestra interés, es muy posible que descubramos que la razón por la que están así es porque piensan que merecen ser felices y la persona con la que se casaron ya no cumple o nunca ha cumplido ese propósito. Cuando no vivo para la gloria de Dios, sino que vivo para mi propia gloria, si mi pareja no vive para mi gloria, entonces voy a entrar en guerra con ella.

Uno de los pasajes más poderosos que nos muestra qué sucede cuando un matrimonio está en conflicto es el siguiente: «¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre vosotros? ¿No vienen de vuestras pasiones que combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis, por eso cometéis homicidio. Sois envidiosos y no podéis obtener, por eso combatís y hacéis guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres» (Santiago 4:1-3).

Estamos dispuestos a entrar en guerra porque no obtenemos lo que deseamos, porque finalmente estamos viviendo para nuestra propia gloria y no para la gloria de Dios. Vivimos para satisfacer nuestros deseos y placeres. Cuando nuestros placeres no se complacen, estamos dispuestos a todo por obtenerlos. Estamos dispuestos a subir nuestro tono de voz, dispuestos a manipular, dispuestos a menospreciar y hasta dispuestos a abandonar.

La realidad del matrimonio que la Biblia presenta es la de morir al yo para la gloria de Dios y el bienestar del otro. El Señor nos dice: «Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24). El matrimonio implica unidad y morir al individualismo para vivir junto a otra persona. Mi vida ya no se trata solo de mí porque ya no estoy solo, sino que estoy unido a otro.

El matrimonio debe ser la unión de dos vidas para reflejar el glorioso evangelio (1 Timoteo 1:11) que a su vez refleja la gloria de Dios. El glorioso evangelio es donde Dios más claramente refleja Su gloria, ya que un Dios soberano y santo da Su vida por pecadores que no lo merecen, por medio de la vida, la muerte y la resurrección de Jesús. El matrimonio refleja esta gloriosa realidad al dar nuestra vida por el bien del otro. El Señor nos presenta en Efesios 5:22-33 una hermosa imagen de la unidad que se manifiesta en la relación de Cristo y la Iglesia y que debe ser reflejada por el esposo y la esposa. Es importante recordar siempre que no nos hemos casado para ser felices. Nos casamos para darle gloria a Dios y para que, por medio de nuestro matrimonio, otros puedan ver el reflejo de la gloria de Dios ya que estamos imitando la hermosa relación entre Cristo y Su Iglesia.

Cuando reconocemos esta verdad fundamental acerca del matrimonio, afirmando que no está diseñado única o primeramente para satisfacernos, esta verdad se convierte en un factor que controla nuestra vida. Los matrimonios que lo practican empezarán a ver cambios significativos en sus relaciones. Cuando el paradigma que controla el matrimonio es la felicidad individual, los cambios que la pareja experimenta para mejorarlo no son permanentes porque vienen de motivaciones egoístas que darán frutos mientras nuestras expectativas son cumplidas. Solo cuando cambiamos motivados en glorificar a Dios veremos transformación que perdurará porque no depende de que nuestra pareja esté comportándose de una forma que nos satisface.

Por ejemplo, imagínate que formabas parte de una pareja que era muy crítica. Siempre estabas criticando a tu esposo(a), y esto los llevaba a tener múltiples conflictos. Entonces decides dejar de criticar a tu pareja para evitar conflictos y, de cierta forma, esto resulta en que ahora ya no tienen tantos conflictos. El problema con esto reside en que la razón del cambio no es un genuino arrepentimiento basado en la gloria de Dios. Lo único que quieres es ser feliz y no pelear más. Es muy posible que con el tiempo termines resentido porque tu pareja no reconoce tus cambios y los conflictos empiezan una vez más. Las motivaciones egoístas solo traerán disgustos en alguna otra área.

Te animo a que en este momento tomes un tiempo para meditar sobre tu vida y tu matrimonio. Piensa si es que, en tu vida diaria, has vivido para la gloria de Dios o para tu gloria. Revisa si la motivación que te ha guiado es ser feliz o que tu rol en el matrimonio refleje el carácter de Dios. Si somos sinceros con nosotros mismos vamos a ver que muchas veces nuestras motivaciones son egoístas y, por consiguiente, nunca podremos encontrar paz en la relación porque no estamos dispuestos a morir a nuestros deseos.

En realidad, no hay una fórmula para el éxito matrimonial: una guía de pasos para lograr el éxito en este tema. Para tener un buen matrimonio la meta no debe ser que este sea exitoso. Un buen matrimonio debe ser el resultado de dos personas deseando glorificar a Dios.