El versículo que más se repite en la Biblia

La simetría puede ser sorprendente. Considera la complejidad de un cristal de nieve, o la geometría de ciertos edificios icónicos como el Palacio de Buckingham en Londres, el Gherkin o Casa de la Ópera de Sídney o la simetría rotacional de una piña de un pino. Si se le cambiara la forma a cualquiera de ellos y se perdiese la simetría, el atractivo estético también se perdería inmediatamente.

Hay momentos en los que la asimetría también es hermosa. Los rostros humanos no son simétricos, y aunque eso puede parecer una imperfección, no lo es. Si pudieras hacer que una mitad de tu cara fuese el reflejo de la otra, se vería simétrica, pero no se vería como debe verse. Se vería perfecta, pero eso solo mostraría que los rostros no tienen que verse perfectos. Son demasiado característicos de cada persona. La simetría no funciona. La asimetría de tu rostro es una de las cosas que hace que seas tú de una manera magnífica y distintiva.

La asimetría de Dios

También hay cierta asimetría en Dios. Tal como sucede con nuestra asimetría, hay una belleza distintiva en ella.

Por muchos años, creí que el amor de Dios y su ira eran manifestaciones equivalentes y paralelas de quién es él. Después de todo, Dios es amor (1 Juan 4:8) y Dios es luz (1 Juan 1:5); y, por lo tanto, supuse que una y otra eran fuente tanto de la salvación como del juicio de Dios. Incluso podía hacer un gráfico que bosquejara el amor de Dios y su ira uno junto al otro, con ejemplos bíblicos y versículos para cada uno. Se veía claro y preciso, que es cómo instintivamente me gusta que sea mi teología.

Pero aunque tanto el amor de Dios como su ira son características innegables y necesarias de su trato con nosotros, no son simétricas. No nacen de la misma parte central de Dios con igual fuerza. No son aspectos paralelos de la obra de Dios.

En el libro de Lamentaciones, se nos brinda una excelente y angustiante reflexión del juicio de Dios en el castigo a la nación de Israel del Antiguo Testamento. El libro es extremadamente franco y, aun así, meticulosamente estructurado en largos acrósticos.

Justo en su centro, en la mitad del capítulo del medio, encontramos palabras de confirmación y esperanza. De este modo, la esperanza se convierte en el quid de todo el libro, aunque no en el punto final, ya que en los pasajes finales se vuelve a expresiones adicionales de lamento. Por lo tanto, lo que Lamentaciones nos da no es una progresión del lamento a la esperanza, sino esperanza (literalmente) en medio del lamento; o, como se indica en el Nuevo Testamento, regocijo en nuestros sufrimientos (Romanos 5:3, NVI).

Compasivo y clemente

¿Cuál es esta esperanza? La esperanza es que este juicio no será absoluto para el pueblo de Dios:

Porque no rechaza para siempre el Señor, antes bien, si aflige, también se compadecerá según su gran misericordia (Lamentaciones 3:31–32, LBLA).

¿En qué está fundada esta esperanza? En la asimetría de Dios:

Porque Él no castiga por gusto, ni aflige a los hijos de los hombres (Lamentaciones 3:33, LBLA).

El escritor sigue reconociendo de manera inquebrantable el sufrimiento por el juicio. Dios rechaza, Dios aflige, Dios castiga. El escritor no pone eso en duda.

Pero, aunque ese juicio es innegable, no es el propósito final de Dios para su pueblo. El juicio de Dios no durará para siempre (Lamentaciones 3:31), Él se compadecerá (Lamentaciones 3:32). Y, lo que es más fundamental, esto no es lo que Dios busca (Lamentaciones 3:33). No lo hace “por gusto”. Dios lo hace. Lo hace en serio. Pero no es donde está puesto su corazón finalmente.

En su lugar, lo que es central en Dios es su compasión y fidelidad. Su juicio es real, pero no es lo esencial. Su amor y su ira no son simétricos, según las palabras que Dios mismo señala tan claramente acerca de Él; palabras tan importantes que resuenan y se repiten a través del resto del Antiguo Testamento.

Entonces pasó el Señor por delante de él y proclamó: El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad (Éxodo 34:6, LBLA).

Esto es lo que se destaca por sobre todo lo demás que Dios muestra sobre sí mismo. Lo vemos reiterado una y otra vez a través de todo el Antiguo Testamento. Es el versículo que más se repite en la Biblia. Muchas cosas son ciertas con respecto a Dios. Todas ellas son maravillosas. Sin embargo, no todas son fundamentales. Esta sí lo es.

El tuit anclado de Dios

Dios es lento para la ira. No es irascible ni temperamental. No es alguien que reaccione de manera violenta. Dios “no está ansioso por juzgarnos. Nosotros lo llevamos a eso. Espontáneamente, su deseo innato es amarnos”.

Dios no es lento para amar; es lento para la ira. Es su amor el que está siempre presente, siempre listo a cualquier instante. En contraste, tiene que preparar su ira dentro de Él. Los dos no ocupan el mismo lugar en sus afectos. El amor abunda donde la ira no. Es el amor lo que Él posee sin medida, no la ira.

Este es el tuit anclado de Dios. Todo lo demás hay que leerlo a la luz de esto. Forma el contexto y el marco para todo lo demás que Dios nos revelará sobre sí mismo. Este amor grande, constante y comprometido es lo que encontramos en el corazón de Dios. Nada expresa mejor la esencia de quién es Él.

La ira de Dios es real, pero no es lo central. El amor y la ira no están perfectamente equilibrados en una balanza divina. Dios se inclina pesada e inequívocamente por uno más que el otro. Es su amor lo que viene desde el corazón, y en eso hay magníficas noticias y gran consuelo para su pueblo.