El crecimiento espiritual no es un accidente

Nuestro trabajo importa

Si un jardinero quiere que crezcan ciertas flores, arbustos, pasto o árboles en su jardín, debe cultivar el terreno y plantarlo. Pero eso es solo el comienzo. Luego debe trabajar persistente y diligentemente para nutrir y proteger lo que ha plantado de la sequía, la maleza, la pestilencia y las criaturas molestas.

Esto es cierto incluso para un jardinero experto. Si creo que realmente no importa cómo hago mi trabajo de jardinero —porque Dios se asegurará de que crezca y florezca cada jardín que Él ordene que exista— entonces tengo una comprensión errada de cómo funcionan la soberanía de Dios y mi responsabilidad.

Cuando el apóstol Pablo dijo correctamente que “el crecimiento lo ha dado Dios” a la planta, que es la iglesia en Corinto, él creía plenamente que su trabajo de plantar, y el trabajo de riego de Apolos, eran los medios necesarios de ese crecimiento dado por Dios (1 Corintios 3:6). Pablo sabía que él no creó la “semilla”; le fue confiada. Apolos sabía que él no creó el “agua”; le fue confiada. Ambos sabían que no crearon el “sol” o la “tierra”, u otros factores ambientales necesarios para el crecimiento de la “planta”. Y sin embargo, ambos trabajaron como si sus labores fueran vitales para la supervivencia de la “planta”, porque lo eran. Si la semilla no fuese plantada, la planta no crecería. Si la planta no fuese regada, moriría.

Nuestras labores de “jardinería”, que son necesarias para la germinación y el crecimiento de las “plantas” en los jardines de Dios, no restan valor a la jurisdicción soberana de Dios sobre todas las cosas. Así es como Él ha ordenado soberanamente nuestros papeles en los jardines que Él nos da para atender. Nos dota con la dignidad de la verdadera responsabilidad —es decir, lo que elegimos hacer o no hacer afecta los resultados reales en nuestros jardines.

Y sin embargo, Dios no quiere que seamos aplastados bajo el peso del temor por miedo a que fallemos en nuestras responsabilidades. En lugar de eso, promete proporcionarnos todo lo que necesitamos para hacer nuestro trabajo de jardinería si aprendemos a vivir como plantas.

Jardineros como plantas

En el reino,  todos los cristianos son ovejas (Juan 10:27) y, sin embargo, algunos son llamados a la obra del pastoreo (1 Pedro 5:2), todos los cristianos son plantas, y sin embargo, también estamos llamados a la obra de jardinería. Ahora bien, como plantas, Dios quiere que vivamos así:

Bienaventurado es el hombre… que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera. (Salmo 1:1-3).

Nótese lo que es vital para el florecimiento del “árbol”: la meditación frecuente del “árbol” en la Palabra de Dios para alimentar la fe. Si no se cumple esa condición, las raíces del árbol no llegarán a la corriente, y el árbol no debería esperar dar fruto a su tiempo o tener hojas sanas. Jesús dice esencialmente lo mismo en este texto:

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4-5).

Nótese lo que es vital para el florecimiento del “sarmiento”: la permanencia continua del “sarmiento” en la vid. Si no se cumple esa condición, el pámpano no podrá dar fruto y se marchitará (Juan 15:6).

Cuando se trata de nosotros, como “plantas” (árboles o pámpanos), vemos el mismo diseño de nuestro Dios soberano: lo que hacemos, o no hacemos, realmente importa. El cómo de precisamente funciona nuestra verdadera responsabilidad junto con la soberanía suprema de Dios, no es un misterio que Él quiera que resolvamos. Es una verdad en que Él quiere que confiemos. Lo importante que debemos saber es que, si tomamos de la Corriente o de la Vid, tendremos todo lo que necesitamos para cuidar los jardines que Dios nos da.

¿Cómo crecen tus jardines?

Todos somos “plantas”, y todos somos “jardineros”. La jardinería es, después de todo, el trabajo original que Dios le dio al hombre cuando “lo puso en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15). Al igual que Adán y Eva, Dios nos ha dado “jardines” para atender, y Él espera que los trabajemos y los cuidemos. Y el trabajo que hacemos realmente importa para la condición de los jardines.

¿Qué jardines te ha dado?

¿Sabes cuáles son tus jardines principales y cuáles son tus jardines secundarios? ¿Tus jardines principales reciben tu atención principal? Es probable que no puedas cuidar bien de cada jardín que deseas cultivar. En ocasiones, las necesidades de tus jardines principales requerirán que descuides algunos jardines secundarios por una temporada y otros jardines secundarios de forma permanente. Porque Dios les promete a Sus árboles alimentados por la Corriente, y a las vides que permanecen, suficiente gracia para toda buena obra de jardinería que Él les dé para hacer (2 Corintios 9:8), pero no para todo trabajo de jardinería que les guste, o que Él haya asignado a otra persona.

¿En qué condición se encuentra tu jardín?