CRISTO ES TODAS LAS COSAS “Cristo es la luz de vida”

El Señor no sólo dijo que Él es pan de vida, sino que también dijo que Él es la luz de la vida. El alimento produce satisfacción, mientras que la luz es indispensable para ver. Cuando uno está satisfecho, tiene fortaleza, y cuando uno ve, puede avanzar. Ya dijimos que Cristo es el pan de vida. Ahora examinemos el hecho de que Él es la luz de la vida.

En primer lugar, debemos hacer notar que la luz de la vida no equivale al conocimiento bíblico. Sabemos que como creyentes debemos leer la Biblia como corresponde, pero si la leemos como un libro en el cual hallamos conocimiento o como un texto de teología, sólo obtendremos información. Si la leemos de ese modo tal vez descubramos doctrinas muy bíblicas, pero no pasarán de ser letra.

Cuando el Señor nació en Belén, muchos sacerdotes y escribas podían recitar de memoria los libros de los profetas, pero no conocían a Cristo. En la actualidad, aunque tengamos el Nuevo Testamento, el cual ellos no tenían, podemos, de la misma manera, conocer sólo la letra sin conocer a Cristo. Esto no significa que no debamos leer la Biblia, sino que debemos comprender que al leerla, es posible extraer de ella simple conocimiento, en vez de conocer a Cristo. Muchos sacerdotes y escribas sólo tenían conocimiento muerto, y desconocían al Salvador vivo. Muchas personas piensan que la luz de la vida es otra expresión para referirse al conocimiento, a las doctrinas, a la teología o a los dogmas eclesiásticos. Algunos aseveran haber recibido luz, pero la luz a la que se refieren no es necesariamente la luz de la vida, sino una simple interpretación de algunos versículos o alguna enseñanza. En el mejor de los casos, sólo podrán comunicar algo más de conocimiento bíblico. La luz de la vida no es conocimiento ni nada que esté fuera del Señor mismo. El Señor dijo que Él es la luz de la vida; por consiguiente, dicha luz es el propio Señor.

Mucha gente puede decirnos que por experiencia lo que ven en la luz de la vida es difícil de enunciar. Es interesante que aquellos que ven la luz, la ven pero no hallan palabras para describir lo que vieron. En cierta ocasión alguien le dijo a una hermana que examinara si era salva y le hizo algunas preguntas, a lo cual ella respondió: “Cuando yo recibí al Señor, no sabía qué era aquello, pero estaba consciente de haber sido salva”. Esta respuesta es válida. Ella había sido salva en verdad, pero no podía explicar cómo había sucedido aquello. Cuando la luz nos llega, es posible que no podamos comunicar a otros muchas doctrinas; tal vez pasen dos o tres años antes de que podamos explicar ciertas enseñanzas. Tal luz es el Señor mismo. Cuando vemos al Señor, vemos la luz.

¿Qué diferencia hay entre ver la luz y no verla? ¿Qué cambio habrá si vemos la luz? La diferencia es enorme. Si verdaderamente vemos la luz, caeremos por tierra. La luz no sólo nos ilumina sino que también nos mata. Antes de que Pablo recibiera aquel resplandor, no era fácil hacerlo postrar en tierra. Pero cuando lo rodeó ese resplandor, cayó en tierra. Algunas personas desean ser humildes, y procuran diligentemente ser humildes y tratan de hablar y de conducirse de ese modo. Tal humildad es bastante agotadora; inclusive agota a los demás. Es como el caso de un niño que toma en su mano un diccionario voluminoso, el cual tal vez no sea demasiado pesado, pero si le es agotador llevarlo de un sitio a otro. A un hombre orgulloso no les es fácil ser humilde, pero cuando la luz del Señor lo ilumina, cae inmediatamente a tierra y no puede describirla.

Las enseñanzas no pueden derribar a un hombre. Una persona puede oír ocho o diez enseñanzas y ser capaz de recitarlas con claridad y, aun así, seguir siendo la misma. Un mensaje que debería hacer aflorar las lágrimas de uno, sacar a la luz su vida carnal y hacer que se postre sobre sus rodillas en arrepentimiento, puede convertirse en un tema de estudio, y aun así, uno puede pensar que recibió algo espiritual. Cuando una doctrina o un mensaje es apenas una cosa, el resultado es muerte, y no es luz. Un hermano estaba tan contento después de oír un mensaje sobre Romanos 6 que pensó que había recibido la luz contenida allí, pero a los pocos días, tuvo una seria discusión con su esposa. El capítulo de Romanos que vio era una cosa; era letra y no luz. Si lo que vio hubiese sido luz, no habría vuelto a ser el mismo. Habría caído por tierra ante aquella luz, pues ésta traspasa y puede hacer lo que el hombre no puede. Una enseñanza jamás podría causar ese efecto, como tampoco pueden hacerlo los hermanos ni nuestro propio esfuerzo.

Pero tan pronto como la luz resplandece, todo se soluciona. Podríamos decir que somos bastante obstinados, pero cuando nos ilumina la luz, cedemos. Cuando Juan vio la luz, quedó como muerto (Apocalipsis 1:16-17). Cuando Daniel vio la luz, cayó postrado en tierra como muerto (Daniel 10:5-9). Nadie puede ver al Señor cara a cara sin caer postrado, y nadie puede ver al Señor sin quedar como muerto. Es difícil hacernos morir o humillarnos, pero cuando la luz viene, todo cobra sentido. La luz del Señor nos mata, y cuando uno la recibe, cae a tierra.

El Señor Jesús es la luz; por consiguiente, cuando un hombre conoce al Señor, llega a ver, y cuando se encuentra con Él, cae en tierra y queda débil como si estuviera muerto. En muchos casos, la personalidad vieja y obstinada no ha sido quebrantada y es inútil tratar de ponerle fin a la personalidad por nuestra cuenta.

Pero cuando la luz del Señor ilumina al hombre, éste recibe la vista, y la luz lo quebranta. Cuando uno ve al Señor, se debilita, es quebrantado y no sobrevive.

Esta es la importancia de la luz. Jamás debemos substituirla por ninguna otra cosa. Lo que normalmente llamamos luz no es necesariamente luz, sino que generalmente son doctrinas que llamamos verdades y que no tienen ningún valor espiritual para nosotros. Una vez un hermano que amaba mucho al Señor se encontró con un hombre que le dijo: “Estoy muy contento porque hoy comprendí la doctrina de lo que es el pecado según Romanos”. El hermano respondió: “Amigo, ¿hallaste sólo la doctrina sobre el pecado en Romanos? Creo que hace mucho tiempo deberías haber descubierto en ti mismo la realidad de lo que es el pecado”.

Muchos buscan doctrinas, pero no han visto la realidad. Las doctrinas no son más que palabras y, por ende, son inertes; no son luz ni vida, ni son Cristo. Cuando la luz llega, lo primero que hace es matar. No debemos pensar que la luz sólo nos da la vista, ya que cuando ella viene, lo primero que hace es quitarnos la vista. La luz sí nos hace ver, pero eso vendrá más adelante. Al principio nos deja ciegos y nos hace caer hacia atrás. Si no nos hace caer por tierra, ni nos humilla, no es luz. Pablo fue rodeado de una luz y cayó a tierra; sus ojos no pudieron ver nada por tres días (Hechos 9:8-9). Cuando recibimos la luz por primera vez, quedamos confusos, como cuando alguien sale de la oscuridad a una luz intensa y no puede distinguir nada; todo se le confunde. Aquellos que tienen confianza en sí mismos y son autosuficientes necesitan que Dios tenga misericordia de ellos, pues no han visto la luz. Lo único que conocen es doctrinas y teorías. Más cuando vean la verdadera luz, dirán: “Señor, ¿qué sé yo? No sé nada”. Cuanto mayor sea la revelación, más ciego queda uno y más severo es el golpe que recibe. La luz derriba a la persona y hace que sea humilde; sólo entonces recibe la vista. Si nunca hemos sufrido un golpe certero ni hemos sido humillados, y si no hemos estado confusos ni sentido que no sabemos nada, nunca nos hemos encontrado con la luz y todavía estamos en tinieblas. Que el Señor tenga misericordia de nosotros para que Su luz nos libre de la confianza que tenemos en nosotros mismos y nunca pensemos que nosotros tenemos la razón, que no nos equivocamos y que sabemos mucho. Que podamos decir: “Señor, Tú eres la luz. Ahora sé que lo único que había visto eran cosas y nada más”.

La luz no es abstracta; al contrario, es muy concreta. El Señor Jesús es la luz. Cuando Él estaba entre nosotros, era la luz entre nosotros; la luz misma andaba en medio nuestro. Es una lástima que muchos creyentes sólo tengan cosas abstractas, pues oyen doctrinas solamente. Debido a esto, no han recibido verdadera ayuda.

Un hermano estudiaba en una escuela de provincia cuando era joven. Iba a la iglesia con cierta frecuencia y oía reiteradas veces la doctrina de la salvación en la iglesia católica. Aun así, no había conocido a nadie que fuese salvo, y él mismo tampoco lo era. Un día un hermano le predicó el evangelio. Cuando lo oyó, fue salvo. No había sido salvo antes, porque sólo había escuchado doctrinas abstractas. Aquel día, conoció a alguien que había sido salvo verdaderamente; así que conoció algo concreto y fue salvo.

Cierto hermano relató lo que experimentó al estudiar la Biblia. Dijo lo siguiente: “Yo había oído a muchos hermanos hablar de la santificación, y también estudié el tema por mi cuenta. Encontré en el Nuevo Testamento más de doscientos versículos al respecto, los cuales organicé y memoricé sistemáticamente. Con todo y eso, no sabía lo que era la santificación; era una palabra sin sentido para mí. Más un día conocí a una hermana de edad avanzada que había sido verdaderamente santificada. En esa ocasión, mis ojos fueron abiertos, y vi lo que es la santificación. Conocí a una persona que había experimentado la santificación. La luz fue tan brillante que dolía; cuando llegó a mí, no me pude escapar. La luz me mostró el significado de la santificación”.

A partir de estas experiencias podemos inferir que la luz es concreta, viva y eficaz. Si uno sólo comunica doctrinas, los oyentes sólo recibirán teorías abstractas e inertes. Esto no transmite la luz de la vida. La luz de la vida brillará en las vidas de los creyentes y por medio de ellos. Tengamos presente que la luz es concreta en el Señor Jesús. Por lo tanto, en nosotros también debe ser concreta. Dicha luz es una persona viva. Cuando se nos presenta, también es algo vivo en nosotros.  

Hermanos y hermanas, ¿por qué la Palabra de Dios parece haber perdido Su poder en la actualidad? ¿Por qué da la impresión de ser débil y abstracta? Esto se debe exclusivamente a que hay demasiadas doctrinas. Hay demasiadas “verdades” y demasiado conocimiento teológico. Debemos comprender que sólo el Señor vivo puede producir personas vivas. Que el Señor verdaderamente tenga misericordia de nosotros y nos muestre paulatinamente que las cosas carecen de vida, y que sólo el Señor está vivo. Entre el pueblo cristiano hasta las cosas más bonitas, las palabras más bellas y aquello que el hombre considera más espiritual carece de vida si está fuera de Cristo. El Señor mismo debe ser el todo para nosotros. El mismo lo es todo. Sólo Él es el Viviente, y lo es en nosotros. Cuando lo comunicamos a los demás, también será viviente para ellos. Que el Señor nos conceda Su misericordia para que nos postremos delante de Él. Entonces, le conoceremos de una manera diferente a como le conocíamos antes.

Publicación basada en el libro “Cristo es todas las cosa y los asuntos espirituales” de Watchman Nee.