El poder de la oración de los padres

Llevaron unos niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos reprendieron a quienes los habían llevado. Al ver esto, Jesús se indignó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan, porque el reino de Dios es delos que son como ellos» Marcos 10:13-14.

Cuando eres el padre de un hijo pródigo, aveces, te transformas en el receptor de consejos no solicitados. Cuando la hija de un matrimonio se fue de casa a los quince años, un profesional bien intencionado les aconsejó «dejar que cayera de cara al suelo».

«Después de todo —dijo—, los hijos tienen que aprender de sus propios errores».

Esto tiene algo de cierto. Hay lecciones que nuestros hijos tienen que aprender por su cuenta y que no podemos enseñarles, por más que lo intentemos. Pero el día en que encontraron a su hija y la llevaron de vuelta a casa (contra su voluntad), ya se había hecho amiga de otra adolescente fugitiva que tenía un novio adulto que acababa de salir de la cárcel. La estaban alentando a irse a otro estado con ellos. Dejarla «caer de cara al suelo» habría sido sumamente peligroso.

Para otros padres, quizá sea difícil entender exactamente a qué se enfrenta uno con un hijo pródigo; en especial, sino han transitado el mismo camino con sus propios hijos. Sin embargo, Dios sí entiende. Él sabe lo que es tener un mundo lleno de pródigos. Y espera que les llevemos a los nuestros a través de una oración comprometida y apasionada.

La oración combinada con el amor de una madre o un padre creyente es poderosa. Cuando se pone en las manos de Jesús, es invencible. Los obstáculos pueden aparecer cuando menos los esperas, pero la perseverancia en oración llevará a un cambio radical.

Nuestro Dios es «el que va abriendo el camino» (Miqueas 2:13). Jesús se indignó cuando vio que los discípulos generaron un obstáculo al reprender a los padres por llevar al Señor a sus hijos para que los bendijera. «Dejen que los niños se acerquen a mí», dijo (Marcos 10:13-14). La expresión se indignó (aganaktéo estar grandemente afligido, indignado) no se usa en ninguna otra parte del Nuevo Testamento para describir los sentimientos de Jesús, y destaca su pasión por nuestros hijos y cuánto anhela bendecirlos.

Debemos hacer todo lo posible para llevar a nuestros pródigos a Jesús en oración, porque Él quiere bendecirnos a nosotros ya ellos a través de la oración. La perspectiva del mundo es que un hijo«bendecido» es aquel que crece feliz y bien adaptado, y que tiene éxito en su carrera. Pero incluso los hijos «exitosos» pueden ser pródigos, y los padres cristianos que los tienen deben tener cuidado de no confiarse demasiado. Dios nos dio a nuestros hijos con propósitos eternos, y no hay mayor bendición y herencia que podamos transmitirles que nuestras oraciones por su salvación.

Y lo más importante, ¡tenemos la bendición de contar con un Salvador que anhela que nuestros hijos se acerquen a Él! Que los demás digan lo que quieran. Nosotros tenemos sus promesas, y eso es lo único que importa. ¿Recuerdas lo que los fariseos y los maestros de la ley murmuraban sobre Jesús? «Éste recibe a los pecadores, y come con ellos» (Lucas 15:2).

Jesús tiene un lugar en su corazón para los pródigos. En especial, para nuestros pródigos, cuando se los entregamos en oración.

Fragmento de «Oraciones por los pródigos», por James Banks.