La buena conducta espiritual

Como parte de la conducta en el Reino, el Señor demanda que su pueblo conozca su palabra, conozca su voluntad y que la obedezca. Las enseñanzas de Jesucristo tienen el propósito de guiar a los ciudadanos del Reino a conocer la voluntad de Dios y a actuar de acuerdo con la misma. La iglesia de Cristo debe aprender estos principios éticos, pues de esa manera conocerá sus derechos, sus privilegios y sus obligaciones en el Reino de Dios.

Dios demanda obediencia a su Palabra. En ella están los fundamentos sólidos para la adecuada relación interpersonal en el Reino de Dios. Por consiguiente, cada ciudadano debe de tener presente la advertencia del Señor Jesús: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

En el evangelio de Mateo, Jesús nos narra la parábola de los dos cimientos. Cuando Jesús dice que “cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace”, se está refiriendo a una persona prudente.  El Señor ilustra la prudencia con la expresión “edificó su casa sobre la roca” (v. 24) y declara lo que ocurre como resultado de la prudencia: “Descendió lluvia, y vinieron ríos y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó” (v.25).

Los cimientos firmes son necesarios para sostener una sólida estructura.

En el tiempo en que vivimos hay una fuerte presión para destruir los valores fundamentales de la sociedad humana. Jesús señala que la lluvia descendió sobre la casa del hombre insensato. Al mismo tiempo, declara que sus palabras son el fundamento firme que sirve de roca sólida que sostiene una casa a fin de que Dios la preserve.

La prudencia es importante.

¿Por qué colapsan los sistemas económicos en el mundo? Por falta de prudencia. ¿Por qué se producen los accidentes? Por falta de prudencia. En la congregación muchas veces oímos la “Palabra de Dios”, pero no la ponemos en práctica. La obediencia a las enseñanzas de Cristo servirá de guía a los ciudadanos del Reino para una conducta apropiada que glorifique el nombre del Rey.

El respeto mutuo guarda una relación directa con la oración.

La respuesta de Dios a mis oraciones depende de cómo me dirijo a los que me rodean y se fundamenta en la manera de relacionarme con los demás. Mi relación con los demás está directamente relacionada con el trato que les doy a las personas.

La Biblia enseña que si hay algún problema con alguien en particular, dejemos nuestra ofrenda y nos pongamos de acuerdo con esa persona, pues sólo así la recibirá el Señor (Mateo 5:23-24).

Toda nuestra relación horizontal con los hombres tiene que ver, desde todo punto de vista, con nuestra relación vertical con Dios. La oración, la petición y el llamado están condicionados en mi función a mi relación con los demás. Si tú no recibes respuesta a la oración, es porque Dios te está midiendo con la misma medida que mides. Quizá eso se deba a que cuando juzgas a los demás, los condenas en lugar de re-orientarlos.

A decir verdad, somos expertos en descubrir defectos. Enseguida descubrimos todos los defectos, pero casi nadie expresa las cosas buenas que hace una persona. Debido a la naturaleza humana, tenemos una tendencia a juzgar y no precisamente por la naturaleza divina. Si actuáramos de acuerdo con la naturaleza divina, lo haríamos basados en la enseñanza de Cristo.

¿Por qué hay gente que tiene defectos? ¿Por qué Dios nos pide que lidiemos con esa clase de personas? La razón es que Dios lo está haciendo con nosotros mismos. En nuestro trato con los demás, Él nos perfecciona en su amor. Dios se ocupa de nuestra lengua, de nuestros pensamientos, de nuestra capacidad de discipular y de preparar a las personas para que lleguen a la plenitud a la plenitud en Dios y para que no sean condenadas. El evangelio de Mateo nos lleva a que realicemos un análisis de nuestra vida y nos desafía a que demos buenos frutos.

Como verdaderos hijos de Dios, hagamos el compromiso de actuar según los planes y los propósitos divinos. Pidámosle perdón por haber juzgado a los demás. Asimismo, procuremos que nuestros corazones estén en armonía con la voluntad de Dios para que nuestras oraciones reciban respuesta. Cuando nos conformamos a la voluntad del Señor, Él nos considera prudentes y responde nuestras oraciones. Como resultado, empezamos a dar buenos frutos y la gente verá los milagros de Dios en nuestra vida.