DÉCIMO MANDAMIENTO

La justicia verdadera sale del corazón

“No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Éxodo 20:17).

El último de los Diez Mandamientos apunta directamente al corazón y a la mente de cada ser humano. Al prohibir la codicia, no se refiere tanto a lo que debemos hacer sino a cómo debemos pensar. De hecho, nos exige que miremos muy dentro de nosotros mismos para que podamos ver cómo somos realmente.

Este precepto, lo mismo que los otros nueve, tiene que ver con la forma en que nos relacionamos con otras personas. Específicamente, tiene que ver con los pensamientos que amenazan esas relaciones y que pueden hacernos gran daño tanto a nosotros como a nuestros semejantes. Nuestra motivación define y controla la forma en que reaccionamos a las personas con quienes tenemos contacto.

Tal como Cristo lo aseveró en Marcos 7:21-23, el quebrantamiento  de las leyes de Dios empieza en el corazón: “De dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”.

Por tanto, resulta muy apropiado que la lista formal de estos 10 preceptos que definen el amor de Dios terminara haciendo resaltar que nuestros corazones son la fuente de los problemas en nuestras relaciones interpersonales. De nuestro interior vienen los deseos que nos tientan y nos llevan a pecar.

¿Qué es la codicia?

La codicia es un deseo exagerado, ilícito o impropio. El décimo mandamiento nos dice que aunque no todos nuestros deseos son malos, algunos de ellos sí lo son. Codiciar es ambicionar algo que no es nuestro lícitamente. Por lo general, el objeto de nuestro deseo es propiedad de otra persona.

Pero también es codicia querer más de lo que legítimamente merecemos o de lo que sería nuestra parte justa. El décimo mandamiento prohíbe específicamente que tengamos un deseo ilícito de algo que ya es propiedad de otro.

Lo opuesto a la codicia es un deseo positivo de ayudar a otros a conservar y proteger las bendiciones que ellos han recibido de Dios. Debemos regocijarnos cuando otros son bendecidos. Nuestro deseo debe ser el de colaborar para el bienestar de otros, hacer que nuestra presencia en sus vidas sea una bendición para ellos.

La naturaleza humana es egoísta

Pensar primeramente en nosotros mismos es siempre lo más natural. Estamos mucho más interesados en lo que podemos obtener que en lo que podemos dar, y el décimo mandamiento tiene que ver precisamente con este concepto.

Por medio de tal mandamiento se nos dice que dejemos de pensar sólo en nosotros mismos y que no nos preocupemos sólo por nuestros propios intereses. La codicia es una perspectiva egoísta de la vida, y el egoísmo es la raíz del quebrantamiento de las leyes de Dios.

En Santiago 1:14-15 se nos advierte que “cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia (Deseo de bienes materiales o terrenos, en especial deseo sexual exacerbado o desordenado) es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.

Y en la misma epístola se nos hace ver cuán peligroso puede ser no ejercer dominio sobre nuestros deseos: “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís” (Santiago 4:1-2).

Como podemos ver, la codicia puede ser la raíz de muchos pecados, entre ellos el homicidio y la guerra. Si no se controla, lo que empezó como un pensamiento se convierte en una obsesión que lleva a la acción. Todos hemos vivido “en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos” (Efesios 2:3). Hemos dejado que nuestros deseos gobiernen nuestra conducta. Así, todos hemos pecado (Romanos 3:10, 23).

Una plaga mundial

La advertencia profética que el apóstol Pablo hizo a uno de sus discípulos resulta muy instructiva, particularmente en el tiempo presente: “Debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita” (2 Timoteo 3:1-5).

Este pasaje describe vívidamente nuestro mundo actual. Nuestra sociedad no es única en la historia; la codicia siempre ha sido una maldición universal. Refiriéndose a uno de los últimos reyes de Judá, Dios dijo: “Tus ojos y tu corazón no son sino para tu avaricia, y para derramar sangre inocente, y para opresión y para hacer agravio” (Jeremías 22:17).

Mas el problema no se limitaba a los reyes, “porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores” (Jeremías 6:13). Dios mostró su aborrecimiento hacia la codicia de los israelitas y les anunció lo que habría de sobrevenirles: “Codician las heredades, y las roban; y casas, y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al hombre y a su heredad. Por tanto, así ha dicho el Eterno: He aquí, yo pienso contra esta familia un mal del cual no sacaréis vuestros cuellos, ni andaréis erguidos; porque el tiempo será malo” (Miqueas 2:2-3).

Un ejemplo evidente del poder de la codicia es la creciente popularidad de las loterías. Millones de personas invierten parte de sus salarios cada semana con la esperanza de lograr una vida fácil y llena de lujos. Asimismo, los casinos internacionales, que se especializan en despertar nuestros instintos más bajos, son lugares de gran atracción para el turismo.

Fomentar la codicia es un gran negocio. Las agencias de publicidad y de mercadeo han hecho una ciencia del manejo de los apetitos egoístas de los consumidores. Al igual que el antiguo Israel, nosotros formamos una sociedad codiciosa, desde el más chico hasta el más grande.

Una forma de idolatría

La codicia es más grave que una simple enfermedad social. Cuando anteponemos la lujuria, la avaricia y nuestro egoísmo a Dios, la codicia viene a ser idolatría. El apóstol Pablo nos advierte: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia” (Colosenses 3:5-6).

En otra de sus epístolas, Pablo relaciona los pecados de codicia e idolatría, haciéndonos ver que estos y otros pecados pueden impedir nuestra entrada en el Reino de Dios: “Sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5).

Cómo combatir la codicia

En cierta ocasión, Jesús advirtió a sus discípulos: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15). En igual forma, el apóstol Pablo aconsejó a la iglesia en Filipos: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros” (Filipenses 2:3-4).

Seguir el camino de Dios, que es el camino del amor, significa practicar esta clase de preocupación por otros: “No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:9-10).

Para combatir la codicia, debemos tener fe en que Dios proporcionará alguna forma para que podamos tener lo que en verdad necesitamos. Y existe una buena razón para tener esa confianza, porque en la Biblia se nos dice claramente que mientras obedezcamos a Dios, él nunca nos abandonará: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5).

En una epístola posterior, Pablo habló de lo mismo en otras palabras: “Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (1 Timoteo 6:7-10).

Sin la ayuda de Dios no podemos vencer la codicia. Nuestros apetitos carnales son tan fuertes que nosotros solos sencillamente no podemos vencerlos. Para recibir la ayuda que necesitamos, debemos orar a Dios pidiéndole con toda humildad que nos dé de su santo Espíritu (Lucas 11:13).

Luego debemos permitir que el Espíritu de Dios obre en nosotros para que podamos cambiar nuestra forma de pensar: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:16-17). En Hechos 2:38 vemos cómo podemos recibir el Espíritu Santo.

Cómo controlar nuestros deseos

Es muy necesario que aprendamos a orientar nuestros deseos en forma correcta. Jesús nos dice: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia. . .” (Mateo 6:33). También nos aconseja: “Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (vv. 20-21).

Las relaciones provechosas y apropiadas, el entendimiento espiritual y la sabiduría son ejemplos de la clase de tesoros que Dios quiere que nos hagamos. “Si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor del Eterno, y hallarás el conocimiento de Dios” (Proverbios 2:3-5).

En el mismo libro, Dios nos dice que “mejor es la sabiduría que las piedras preciosas; y todo cuanto se puede desear, no es de compararse con ella” (Proverbios 8:11). Unos versículos más adelante nos habla de las recompensas que se obtienen de la sabiduría: “Mejor es mi fruto que el oro, y que el oro refinado; y mi rédito mejor que la plata escogida. Por vereda de justicia guiaré, por en medio de sendas de juicio, para hacer que los que me aman tengan su heredad, y que yo llene sus tesoros” (vv. 19-21).

¡Bien vale la pena buscar la sabiduría junto con la justicia! Querer superarnos en nuestro trabajo u ocupación puede ser un deseo apropiado. Cuando nuestro propósito principal es servir a nuestros semejantes, Dios se agrada de que tratemos de adquirir las habilidades necesarias que nos brindan progreso y favor en esta vida. Como escribió un sabio siervo de Dios: “¿Has visto hombre solícito en su trabajo? Delante de los reyes estará; no estará delante de los de baja condición” (Proverbios 22:29).

Dios quiere que la preocupación por otros sea lo que motive nuestros deseos. En ocasiones, nuestro servicio a los demás dará como resultado maravillosas recompensas para nosotros. Pero nuestros deseos estarán encaminados en el sentido correcto sólo cuando nuestro propósito principal sea más bien dar que recibir.

Debemos reemplazar la codicia con la actitud de servir y amar a los demás. En la Epístola a los Hebreos se nos dice: “De hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Hebreos 13:16).

Debemos seguir el ejemplo del apóstol Pablo, quien dijo: “Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:33-35).