Los enemigos de los bueyes (Parte 2 “La involución”)

Antes de conocer por qué la involución es uno de los enemigos de un buey (figura de un siervo de Dios), es importante conocer qué es un buey. Según el diccionario de la RAE, un buey es un “macho vacuno castrado”, es decir, un toro castrado, un toro al que por una intervención quirúrgica, se le remueve una parte de su ser, y así, se le transforma en un animal manso y apto para trabajar en cualquier labor de agricultura u otras, donde se requiera de su fuerza y vigor pero habiendo eliminado su furia e impetuosidad.

Si aplicamos esto a lo espiritual, entonces un siervo (buey), es una persona que ha sido intervenida quirúrgicamente por el Espíritu Santo, para quitar de él todo aquello que le impide ser manso, y que obstaculice el que pueda trabajar adecuadamente en la obra del Señor, para agradarle a Él.

Si a la luz de la Biblia nos preguntamos ¿Qué significa entonces que un buey involucione?, podemos encontrar un versículo, donde esa palabra (buey) es traducida como “toro”. Éxodo 21:28 “Y si corneare un toro a hombre o mujer y muriere, con piedras será apedreado el toro, y no se comerán las carnes de él; pero el dueño del  toro libre será.” Esto es sumamente impresionante, porque nos deja ver un aspecto espiritual de mucha importancia: Un siervo de Dios puede involucionar, dejando de ser buey y convirtiéndose nuevamente en toro, es decir, teniendo manifestaciones de lo que era antes, y pudiendo inclusive matar a una persona (literal o figurativamente, pero de manera primordial esta última), en un arranque de emociones, que surgen de un alma que aún requiere ministración y limpieza divina. ¿Cómo sucede esto?

Para que un siervo de Dios llegue a manifestar lo que antes era, primero tiene que pasar por un proceso, donde empiece a reedificar lo que una vez fue destruido en él. Por esta razón, el Apóstol Pablo escribe: Gálatas 2:18 “pues en realidad mi pecado consistiría en volver a edificar aquellas mismas cosas que ya había destruido en mí como doctrinas erróneas.” ¡Qué palabras tan impactantes! Recordemos que la  doctrina, no solamente es una enseñanza que se da para instruir a alguien, es toda una forma de vida. Inclusive el diccionario de la RAE plantea que es “Un conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc., sustentadas por una persona o grupo”.

¿Cuáles son esas doctrinas erróneas, que un siervo de Dios puede estar reedificando sobre su vida?

LA IRA                                                                                          

Esta es la más evidente. La ira puede ser la forma de vida de una persona. Puede ser su ideología, su fijación permanente: El enojarse primero y el dialogar después. Si el Señor Jesucristo nos dio una orden, donde nos enseñó doctrina, diciendo: Mateo 11:29 “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón…” ¿Entonces por qué reedificar y volvernos otra vez iracundos?

El problema es muy serio, pues dejaríamos de ser buey y podríamos volvernos toro, acornear a alguien y matarlo, inclusive con las palabras, porque en la lengua hay poder (Proverbios 18:21), y el poder a su vez se representa en los cuernos. ¿Nota usted amado lector, por qué si Cristo nos hizo libres, no hay que reedificar la ira en nuestro corazón?

LA HIPOCRESÍA

El contexto de Gálatas 2:18, nos explica que el Apóstol Pablo reprochó al Apóstol Pedro, el ser hipócrita y no andar en rectitud en cuanto a la verdad del evangelio –o doctrina– (Gálatas 2:13-14). ¡El mismo Apóstol Pedro cayó en la doctrina errónea de la hipocresía! Y esto sucedió, porque tenía miedo que los  judíos lo vieran comer con los gentiles, y así,  por un momento se volvió un toro (espiritual), y probablemente faltó poco para que matara a los gentiles que lo vieron, quienes notando tal comportamiento, seguramente pensaron que la justificación venía entonces por la ley mosaica y no por la fe en Cristo Jesús (Gálatas 2:16).

Si nosotros, que conocemos la ley de la libertad, que recibimos doctrina verdadera, llevamos una vida de hipocresía, ya sea queriendo volver a la ley mosaica, o bien, no andando en rectitud en cuanto a la verdad del evangelio (y recordemos que la suma de la Palabra es verdad), entonces, ¡Debemos renunciar a eso, para no involucionar en un toro espiritual!

PONER OBSTÁCULOS O PIEDRAS DE TROPIEZO

Indudablemente, todos los cristianos debemos avanzar, evolucionar (en el sentido de crecer). Y esa evolución abarca muchos aspectos. Pero uno muy importante, es el velar por nuestros hermanos, que aún son tiernos en el evangelio, que son como recién nacidos o niños en la doctrina, y quienes ven en sus hermanos que han avanzado, un referente de comportamiento para seguir a Cristo. El Apóstol Pablo lo explica en Romanos 14, cuando nos exhorta a no destruir a nuestros hermanos ni la obra de Dios por causa de la comida (Romanos 14:13-15, 20-23). ¡Podemos convertirnos en un toro si no pensamos en la conciencia de nuestros hermanos! ¿Cómo se ejemplifica esto? Supongamos que yo antes era un alcohólico, y que Dios ya destruyó eso en mi vida. Y ahora, habiendo avanzado, decido tomar vino en el almuerzo, y justo en la compañía de algunos recién convertidos. El vino no tendrá un efecto inmediato en mí al ser ya libre, pero estoy reedificando lo que Dios destruyó, y de esa manera, estoy destruyendo a mis hermanos, quienes pensarán “El hermano toma vino. ¡No hay ningún problema entonces en tomar vino!” ¡Y lamentablemente, lo mismo puede ocurrir con la comida, con la manera de expresarnos, comportarnos, trabajar o vivir!

Por eso, no reconstruyamos en nosotros doctrinas erróneas, ni destruyamos a los demás con nuestra manera de vivir. ¡Alcancemos aquello por lo cual fuimos alcanzados!