RELACIONES SANAS EN LA IGLESIA (Pautas Bíblicas)

LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA GENUINA SE ENCUENTRA MÁS ALLÁ DE LAS PRISIONES DE LOS ROLES SEXUALES.

Un examen impostergable

Repetidas veces la Escrituras advierten a los creyentes del peligro sutil de adoptar aquello que no dispone de perspectiva crítica como los conceptos culturales predominantes y las prácticas del mundo.

Exhortan a los cristianos a examinar sus presuposiciones a la luz de la palabra de Dios y, si así lo hacen, les dan la promesa de que descubrirán la voluntad divina.

«No vivan ya según los criterios del tiempo presente; el contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto» (Romanos 12.2).

Quizá no haya otra área de la vida comunitaria cristiana que requiera con tanta urgencia una nueva apreciación de sus presuposiciones básicas como la que tiene que ver con las relaciones entre los creyentes.

Las relaciones defectuosas entre los cristianos tienen efectos paralizantes en la vitalidad y la eficacia de su testimonio comunitario.

Las prácticas que discriminan y dividen entristecen al Espíritu Santo y entorpecen el crecimiento y la extensión de las comunidades cristianas.

Una elección radical: roles sexuales o «el fruto del Espíritu»

Necesitamos aplicar el poder transformador del evangelio a la vida individual y a las relaciones de los cristianos entre sí. La fragmentación y las divisiones son armas tremendamente eficaces en el arsenal que Satanás dirige contra el pueblo de Dios.

Donde Dios quiere crear unidad y cohesión, el enemigo busca provocar alienación y separación. Desde el momento en que nacemos, una sociedad caída nos hace amoldar en compartimientos y nichos que se  convierten en nuestras prisiones de por vida.

  • Desarrollar nuestro «ser interior»

El concepto de roles sexuales es una de esas ataduras de las que el evangelio puede liberarnos. En ninguna parte nos ordena la Escritura que desarrollemos nuestra conciencia de los roles sexuales como hombres y mujeres. Nos llama —tanto a hombres como a mujeres— a tener la mente de Cristo y a ser transformados a su imagen (Gálatas 3.27; Efesios 4:13; Filipenses 2.5; etc.). Tanto hombres como mujeres son llamados a desarrollar su «ser interior», que significa su humanidad básica en cooperación con el Espíritu Santo. El «fruto del Espíritu», o el resultado del impacto del Espíritu Santo en la personalidad humana, es el carácter que exhibe «amor, alegría, paz, paciencia,  amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio» (Gálatas 5.22–23).

 

  • Definir la renuncia

Bíblicamente tales cualidades no pertenecen ni a la masculinidad ni a la femineidad, sino que son el reflejo de la persona misma de Cristo. Algunos hombres, para alcanzar este ideal, quizás hasta tengan que rechazar las cualidades que una cultura secular presenta como verdadera masculinidad. Tendrán que renunciar a la dureza por el amor,  a la ambición por la alegría, a la agresividad por la paz, a lo expedito por la paciencia, a la fuerza por la amabilidad, a la competencia por la mansedumbre y a la imposición egoísta por el dominio propio.

 

  • Aprender la humanidad auténtica

Si «el fruto del Espíritu» exige cultivar las cualidades que  tradicionalmente se asocian con lo femenino, que así sea. Porque la espiritualidad cristiana genuina se encuentra más allá de las prisiones de los roles sexuales (como hombre o como mujer). Los hombres deben aprender a moderar la masculinidad que les infunde el mundo con la humanidad auténtica que produce el Espíritu Santo y, de esta manera reflejarán el carácter de Cristo, quien encarnó a la perfección «el fruto del Espíritu». Para lograrlo, quizás deban renunciar a la falsa masculinidad, crucificando «la naturaleza del hombre pecador junto con sus pasiones y malos deseos». Esta es la condición para «los que son de Jesucristo» (Gálatas 5.24).

 

  • Manifestar la imagen de Dios

Recordándoles a los cristianos de Colosas su posición importante como pueblo elegido de Dios,

Pablo les manda que adopten nuevas formas de comportamiento con el mismo deseo que tendrían al descartar una vestimenta vieja por una nueva: Dios los ama a ustedes y los ha escogido para que pertenezcan a su pueblo. Vivan, pues, revestidos de verdadera compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Tengan paciencia unos con otros, y perdónense si alguno tiene una queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.  Sobre todo revístanse de  amor, que es el perfecto lazo de unión. Colosenses 3.12–14.

 

Nuevamente, los rasgos esenciales que caracterizan al pueblo de Dios son cualidades que comúnmente se considerarían femeninas: la compasión, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, un espíritu perdonador y —por sobre todo— el amor. Pablo no cita estas cualidades al azar, sino que describe de esta manera la nueva naturaleza que se va renovando en Cristo Jesús

(v. 10). Tanto hombres como mujeres deben adquirir estas características porque son las manifestaciones de la imagen de Dios en la vida humana.

 

  • Extirpar lo pagano

Los hombres que siguen adoptando actitudes de superioridad (no de autoridad), adjudicándose posiciones exclusivas de poder y privilegios exclusivos de dominación, e inflando patéticamente su imagen de macho a expensas de las mismas personas a quienes deberían servir por causa de Cristo necesitan volver a examinar sus presuposiciones básicas de las demandas transformadoras del evangelio.

La renovación de la mente cristiana exige extirpar sin piedad alguna las formas paganas de pensar y actuar para eliminar así el riesgo de conformarse a este mundo. Contrariamente, esta metamorfosis requiere un quebrantamiento profundo y una gran ductilidad que permitirán que el Creador reemplace el orgullo, la arrogancia y la ambición de gobernar a otros con la compasión, la bondad, la  humildad, la mansedumbre, la paciencia, el perdón y el amor.

 

  • «Desprogramar» la mente

Esta transformación demanda no solo un cambio del «ser interior» sino también un cambio de actitud hacia el otro sexo. Mientras que el relato bíblico de la creación y el Nuevo Testamento enfatizan aquellos elementos que tienen en común los hombres y las mujeres, la sociedad caída nos bombardea desde una edad muy temprana con las diferencias fisiológicas y simbólicas que existen entre los sexos.

Este proceso de socialización es tan completo y tan penetrante que pasa a formar parte de nuestra naturaleza la consideración del sexo opuesto como opuesto.  Como miembros de la comunidad donde  «ya no importa ser hombre o mujer, porque unidos a Cristo Jesús todos son uno solo», sabemos esforzarnos por mostrar al mundo lo parecidos que somos en Cristo. Pero con demasiada frecuencia el mundo logra inculcar entre los cristianos sus nociones de los diferentes que son los integrantes del otro sexo.

 

La santificación de nuestras actitudes hacia el otro sexo demandará nada menos que un esfuerzo sistemático de desprogramación, diseñado para depurar la mente cristiana de las interpretaciones abusivas de pasajes de la Escritura que, si uno no los entiende, debería dejarlos de lado, y de estereotipos populares vulgares que tales interpretaciones equivocadas han reforzado.

 

CABE ACLARAR QUE NO NOS REFERIMOS EN EL SENTIDO DE AUTORIDAD, SINO EN EL DE IGUALDAD (VARÓN-VARONA) EN EL TRABAJO MINISTERIAL EN LA OBRA DEL SEÑOR.

 

Una transformación imperativa

  • Reconocer lo perjudicial

Bajo condiciones normales, las actitudes transformadas deberán producir conductas transformadas. La Biblia carga al hombre con la responsabilidad de rehabilitar a la mujer en la nueva comunidad al  exhortar a los maridos a dar «el honor que corresponde» a sus esposas (1 Pedro 3.7).

Los esfuerzos femeninos por obtener un trato equitativo se topan con una opresión creciente (por ejemplo obtener un ministerio primario), a menos que los hombres se sensibilicen y respondan humanamente. Es responsabilidad de los hombres cristianos reconocer que las mujeres no derivan su identidad de ellos mismos sino de haber sido creadas a imagen de Dios y ser nuevas personas en Cristo.

Los esfuerzos por mantener a la mujer bajo la tutela (ministerial) masculina perjudican tanto al hombre como a la mujer, porque, al mantenerlas en una relación de dependencia, los hombres garantizan la infantilización de sus compañeras femeninas. Se privan de la oportunidad que les da Dios de disfrutar del compañerismo y la comunión de sus contrapartes femeninas enfrentando hombro a hombro los desafíos y las tareas de la vida.

Lo más cierto es que ellos se convierten en fomentadores del plan satánico, ideado en la caída, de socializar a las mujeres para que vivan con culpa por el hecho de ser mujeres.

 

Únicamente en la medida en que los hombres aprendan a animar a las mujeres a plantarse con firmeza, coraje y libertad, ambos podrán descubrir la magnífica complementariedad para la que fueron creados.

 

  • Emprender la «des-patriarcalización»

Las socializaciones seculares de los roles sexuales se han institucionalizado tanto en algunas áreas de la vida en la iglesia de Cristo que lo único que puede llegar a identificarlas y, con optimismo, a superarlas son programas específicos de «des-patriarcalización». Este movimiento debe comenzar con un sometimiento valiente, pero arrepentido, a la palabra de Dios, y una abdicación total de intereses creados y ventajas personales al señorío de Cristo.

 

  • Disfrutar los frutos de la obediencia

La obediencia a la Escritura en lo que concierne a las relaciones entre hombres y mujeres en la iglesia liberará una vitalidad y un potencial nunca soñados para la tarea del evangelio. Las rancias definiciones del liderazgo en términos de líneas rígidas de autoridad y estructuras restrictivas de poder abrirán paso a modelos integrados y flexibles de organización dentro de los que los dones espirituales y los recursos humanos se unan en una comunión efervescente de atención mutua y ministerios de servicio.