Leer: 2 Cr. 20:2-3, 14-22

Entonces él tuvo temor; y Josafat humilló su rostro para consultar al Señor… (v. 3).

Los fisicoculturistas de competición se someten a ciclos de entrenamiento rigurosos. Los primeros meses, se esfuerzan por ganar tamaño y fuerza muscular. Cuando se acerca la competencia, el foco se centra en perder todo tipo de grasa que impida ver el músculo. Por último, consumen menos agua de lo normal, para que el tejido muscular se vea fácilmente. Por la falta de nutrición, el día del torneo se encuentran en su condición más débil, a pesar de parecer fuertes.

 

En 2 Crónicas 20, leemos sobre una realidad opuesta: reconocer la debilidad para experimentar el poder de Dios. El pueblo le dijo a Josafat: «Contra ti viene una gran multitud». Entonces, él «hizo pregonar ayuno a todo Judá» (v. 2-3), de modo que, tanto él como todo su pueblo, dejaron de alimentarse. Luego, le pidió ayuda a Dios. Cuando convocó al ejército, colocó en el frente cantores que alababan al Señor (v. 21), y Dios «puso […] las emboscadas de ellos mismos que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros» (v. 22).

La decisión de Josafat demostró una profunda fe en Dios. Prefirió no depender de su poder humano y militar, sino del Señor. Y nosotros, en lugar de enfrentar las pruebas con nuestros propios «músculos», acudamos a Él y a su fortaleza.

Señor, reconozco mi debilidad. Dame tus fuerzas. Te necesito.