“Sigue tu corazón”, “siéntete bien contigo mismo”, “alcanza tus sueños”, “haz lo que quieras mientras no dañes a otros”… Estas y muchas otras frases tan populares en nuestros días son tan falsas como las monedas de 3 pesos. Pero no solamente falsas, sino peligrosas. ¿Peligrosas? ¡Muy peligrosas! Porque en realidad lo que nos dicen es: “sigue a un homicida, a un perverso, que no te moleste hacer lo malo, busca excusas para salirte con la tuya y luego reclama tu derecho a ser tú mismo”.

Déjame te explico a qué me refiero. Gran parte de las premisas que nuestra generación usa para motivarnos surgen del engaño que sostiene que el hombre es bueno por naturaleza. Usan frases e ideas acuñadas por hombres cuyas vidas fueron una demostración escandalosa de disfunción, pero como crearon la disciplina denominada “estudio del alma”, mejor conocida como psicología, les toman como una autoridad aunque sus ejemplos no den testimonio de éxito alguno. ¿Quién es la autoridad sobre los asuntos del alma? La respuesta obvia es: Aquel que la creó.

Uno no puede conocerse a sí mismo si antes no conoce a Dios. Dios es la luz resplandeciente y los hombres estamos en tinieblas hasta que venimos a la luz. Es solo a la luz de Dios que podemos conocernos verdaderamente. Por ello es que en esta vida es necesario conocer a Dios y conocer al hombre. El Creador escribe en su Palabra: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso;” (Jeremías 17:9). Más adelante Jesucristo mismo explica lo mismo de una manera muy sencilla en Mateo 15:19 “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre”.

EL problema es precisamente seguir nuestro corazón; ir tras nuestros impulsos, darle rienda suelta a los deseos torcidos de nuestra mente. Lo que necesitamos es un nuevo corazón. Eso es precisamente lo que Cristo le explicaba a Nicodemo en Juan 3 cuando le dice “necesitas nacer de nuevo”. La respuesta a nuestro gran dilema Dios mismo nos la trajo en carne y hueso: vino Él mismo para morir en nuestro lugar y darnos una nueva vida.

Por ello es importante reconocer que no debemos seguir nuestro corazón ni las cosas que nos dice, sino reconocer que necesitamos el nuevo corazón que Cristo nos ofrece tal y como lo prometió siglos antes por medio de sus profetas: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”.

Rindamos nuestras vidas y deseos al autor de la vida, al experto en el alma, y recibamos de Dios la salvación que Cristo nos ofrece y la nueva vida que ganó para nosotros en su vida, muerte y resurrección.

¡Dios te bendiga!