Desacuerdos ministeriales

Hubo tal desacuerdo entre ambos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor. Hechos 15.39–40.

¿Cómo podemos explicar esto? Si somos sinceros, la aparente violencia de este incidente nos golpea duro. No podemos reconciliarlo con la imagen que tenemos de estos dos siervos de Dios. Permítame compartir con usted algunos pensamientos al respecto.

En primer lugar, los que estamos trabajando en equipo con otros, debemos tener presente que donde hay un grupo de personas trabajando en un mismo proyecto, van a surgir diferencias. A veces los integrantes del equipo se desaniman por esto. Un buen equipo, sin embargo, no es aquel en el cual todos ven las cosas de la misma manera. Cuando es así, lo más probable es que el líder se ha rodeado de gente que simplemente aprueba sus propios proyectos. Las diferencias de opinión son una de las preciosas manifestaciones de la diversidad que Dios ha puesto en el cuerpo (1 Corintios 12). El ministerio se enriquece cuando contempla la perspectiva y la contribución de personas que son enteramente diferentes entre ellas.

En segundo lugar, las diferencias se tienen que manejar espiritualmente. Lo que produce daño al cuerpo es que creamos que nuestras diferencias nos dan licencia para atacar al otro y perpetrar contra su persona toda clase de mal. Por más acertada que sea la perspectiva propia, Dios jamás nos da licencia para denigrar y humillar a nuestro prójimo, sea o no de la familia. «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería, maledicencia y toda malicia. Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4.31–32).

En tercer lugar, a veces la única alternativa es la separación. No cabe duda de que es una decisión radical para un problema serio. Deben agotarse todos los caminos y todos los medios para llegar a un acuerdo. No debemos cesar en nuestro intento de conciliar posiciones, vistiéndonos de la bondad de Cristo; él nos manda a que, «con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Filipenses 2.3–4 – LBLA). Habiendo intentado todo esto, sin embargo, a veces la separación es el mejor camino a seguir. Pablo y Bernabé, dos gigantes espirituales, optaron por esta solución. Ambos continuaron con ministerios sumamente eficaces. ¿Siendo nosotros mucho menos que ellos, será realista en nosotros creer que el acuerdo siempre será posible?

Para pensar:

Note que el pasaje no dice que se dividieron; dice que se separaron. La división produce dos partes debilitadas. La separación produce dos partes capacitadas para seguir adelante. La diferencia la hace la actitud. Cuando los que se separan lo hacen con corazones llenos de amargura, rencor y bronca, puede estar seguro que fue una decisión enteramente carnal. En mi experiencia, el 95% de las separaciones no han sido tal cosa. Han sido divisiones.