La familia cristiana como centro de salud mental

“Al estudiar la familia no podemos separarla del contexto social que la rodea. Ella está
inmersa en la sociedad, de la que recibe fuerte influencia con cambios que operan a un ritmo tan veloz que demandan una permanente reestructuración. Los problemas que aquejan a la sociedad, los sufren las familias. Es innegable que nuestra sociedad está en crisis en lo educacional, moral y religioso, expresada en el enfrentamiento de los valores “tradicionales” que sustentaron la conducta humana, y los “nuevos” valores que sostiene nuestra cultura.
Este conflicto que llega a la familia presiona sobre la misma; se hace expreso en las
dificultades de relación entre sus miembros, ensancha la brecha comunicacional entre padres e hijos, socava las bases de la estructura familiar y debilita la autoridad de los padres sobre los hijos. No podemos negar que la tarea de educar a nuestros hijos no resulta fácil de ejercer.
Es por eso que hoy mas que nunca la familia, por su proyección, requiere mantenerse como el principal lugar de equilibrio psicosocial continuo y trascendente. Hoy más que nunca, la familia cristiana enfrenta un desafío ante la sociedad, el de mostrar los valores que constituyen su fundamento. DEBE Y PUEDE MANTENERSE COMO UN CENTRO DE
SALUD EMOCIONAL entre sus miembros. Esta tarea puede desarrollarla, sobre todo, porque cuenta con la protección de Dios para hacerlo, el cual le dará también las fuerzas para cumplirla”.

Hasta aquí la transcripción de un pensamiento expresado hace casi cuatro décadas pero con una vigencia explícita.

En estos últimos años se ha agravado la situación social imperante, la cual desconoce los
principios morales absolutos, esos que resisten el paso del tiempo y deben permanecer
inamovibles frente a los cambios que los desestiman. En países cambiantes como los
latinoamericanos es notable lo fácil que se asimilan los nuevos parámetros morales.

Es evidente que en la actualidad la familia está desprotegida como institución, en especial por aquellos que tienen el deber de hacerlo.

En la Declaración de los Derechos Humanos (art. 16-I) y en el Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos (art. 23-I) se define a la familia como el elemento natural y
fundamental de la sociedad que tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.
Lejos de eso, hoy se ve expuesta a fuerzas culturales que representan un claro ataque a la institución familiar. Hay evidentes indicadores de fuerzas destinadas al debilitamiento de su estructura; ataques implícitos y explícitos contra su integridad.

Veamos algunas de estas fuerzas culturales:
1) La tendencia cada vez mayor de un número de mujeres, en general destacadas
socialmente, que se proponen ser madres pero no formar un hogar, ni convivir con el padre del niño (quien solo es considerado en este caso como el dador necesario de la célula fecundante).

2) El número creciente de jóvenes que deciden vivir juntos sin legalizar la unión,
previniéndose de una probable separación, ya que la unión se justifica “mientras dure el
amor”.

3) El intento de legalizar el aborto ya aceptado en varios países y movilizado sobre todo por el Movimiento Feminista, en su febril necesidad reivindicatoria del rol de la mujer, con el argumento de que con el cuerpo uno puede hacer lo que quiera, olvidando que en su interior es portadora de una vida individual que merece ser respetada. Esta posición pro aborto es exponente de la cultura de la muerte que se enfrenta con la cultura de la vida.

4) Los “nuevos tipos de familia”: la aceptación de las uniones homosexuales que pretenden igualarse con las heterosexuales. El activismo gay, que avanza a nivel mundial a un ritmo impensado, está llegando a influenciar decisiones gubernamentales, cambiando patrones culturales y principios Escriturales. Desde hace un poco más de dos décadas el avance de los grupos pro gay es alarmante. Ellos lograron suprimir la homosexualidad del Manual de los Desordenes Mentales (DSMIV), considerada un perturbación de la sexualidad en la mayoría de los tratados de sexología. No se detienen en su búsqueda de logros a nivel de reconocimientos y “derechos”, buscando a través de la legalización justificar lo injustificable.

Se llega a pretender la adopción de hijos por parte de uniones homosexuales, no teniendo en cuenta que quien adopta un niño debe hacerlo para el bien de éste y no para bien propio. Este tipo de adopción le representa al niño un seria perturbación en el desarrollo de su identidad, al no proporcionarle las figuras de papá y mamá con las que debe identificarse. En apoyo a este propósito de presentar como válido nuevos tipos de uniones, se da una novedosa resignificación de términos. Se reemplaza padres por “progenitores”, esposos por “cónyuges”, familia por “parentalidad”. Esta redefinición de términos es un invento creado para la justificación de conductas antinaturales.

5) El nuevo concepto de “género” que aparece en los programas de educación sexual,
intentando dejar de lado la determinación biológica de masculino y femenino, queriendo
establecer nuevos géneros desde la perspectiva socio cultural (cinco géneros en lugar de
dos).
6) El intento de clonación con seres humanos, que reemplaza la unión de las células
reproductivas por la “copia” de otro ser en la creación de nuevas vidas.
Frente a tantas presiones ideológicas la familia como institución navega en aguas peligrosas y es necesario arbitrar todos los medios para salvarla del naufragio, promoviendo proyectos que orienten a los padres para el ejercicio de las funciones que les corresponden.

Qué bueno sería que las políticas de Estado tuvieran en cuenta la importancia de cuidar la integración familiar, proporcionando orientación a los padres sobre el rol que tienen que desempeñar en sus hogares. Qué positivo sería también que se preocupara por una
educación basada en valores y no en la promoción del mero ejercicio de la genitalidad.
Pero lejos estamos de brindar este tipo de orientación así que a nosotros (las familias
cristianas) nos toca, como parte integrante de la sociedad, expresar y mostrar un concepto sano de familia aun en medio de la crisis que nos afecta a todos.

Para esto es necesario entender que toda familia transita por diferentes etapas de su
desarrollo y cada una de ellas requiere un aprendizaje específico. Lo primero que debemos notar es que existen momentos simultáneos de crisis: mientras papá y mamá viven su propia crisis, los abuelos y los hijos también viven las suyas. Por ejemplo, un nuevo matrimonio coincide con la vivencia de “nido vacío” en los padres de la pareja. En esa etapa, los padres del reciente matrimonio enfrentan el hecho de volver a estar solos, cosa muy ansiada por algunos y muy temida por muchos más. Entendida esta realidad de simultaneidad, podemos ver que con el nacimiento de los primeros hijos, el matrimonio debe aprender simultáneamente a ser padres y a relacionarse con sus padres como abuelos, y los abuelos deben aprender su nuevo rol. Dentro de estas vivencias quisiera destacar principalmente la crisis que se desarrolla cuando los niños, ya crecidos, llegan a la adolescencia y los padres deben transitar el aprendizaje de convivir con adolescentes y, al mismo tiempo, enfrentar la crisis propia de su edad adulta. Tanto esta primera crisis como la segunda de la edad adulta,
donde los padres se replantean la efectividad de sus propios roles laborales, matrimoniales, ministeriales y parentales, necesitan del ejercicio de una buena comunicación, el establecimiento de roles y limites claros.

Para que el paso por estas etapas “críticas” transcurra con total naturalidad, sin evitarlas y sin “perder la vida” en alguna de ellas, es necesario que la familia replantee las funciones básicas del sistema familiar.

Entre ellas podemos nombrar:

EDUCAR, formar, orientar. La familia es la primera educadora para el niño; primera en el tiempo, primera en el espacio, primera en significación. EDUCAR no es DOMESTICAR, es mirar las potencialidades particulares de cada hijo y procurar que se desarrollen. No se educa a todos los hijos por igual, cada hijo tiene sus propias características personales que deben tenerse en cuenta en el momento de su formación.

AMAR, que no excluye la presencia de límites. El real amor al hijo tiene en cuenta la
disciplina. El estimulo amoroso entre sus miembros permite un sano desarrollo emocional de los mismos.

DAR SEGURIDAD. Los vínculos familiares deben ser fuente de seguridad y contención frente al medio. Debemos desarrollar una sana autoestima en sus miembros que facilite el desarrollo adecuado de cada uno.

La familia cristiana debe estar alerta para que las funciones que le son propias puedan
cumplirse para ser, en medio de la sociedad que nos toca vivir, un claro exponente del poder de DIOS en sus vidas y representar un franco CENTRO DE SALUD MENTAL.

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