Honrar a la novia

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviera mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha. Efesios 5.25–27

Caricias-entre-los-novios_OK-1024x367-1¡Qué tiempo tan especial es la etapa del noviazgo en la vida de una persona! Los días no alcanzan para descubrir las profundidades de los maravillosos atributos que cada uno posee. Cada uno está deslumbrado por la perfección de la personalidad del otro. No importa cuánto tiempo están juntos, ¡no descubren en el otro defecto alguno!

Claro, los que estamos fuera de esta relación somos conscientes de las imperfecciones que tienen los integrantes de la pareja. A veces, sufrimos por causa de las obvias incompatibilidades que vemos en ellos, porque sabemos que con el pasar del tiempo se convertirán en verdaderos escollos para el matrimonio y podemos anticiparnos a ciertos tipos de fricciones que esta pareja tendrá en el futuro.

¿Ha intentado alguna vez señalarle estas imperfecciones a una pareja de novios? ¿Cómo le fue? Sintió que se había metido en la boca de un lobo ¿no es cierto? La verdad es que si existe alguna persona que no está dispuesta a escuchar comentarios adversos con respecto a su pareja, es aquella que está profundamente enamorada. En ocasiones, el enamoramiento produce una ceguera que nos desespera. Así es el amor de Cristo por la iglesia.

Cuántos comentarios escuchamos acerca de la liviandad de la iglesia, de su poca espiritualidad, de la falta de compromiso hacia su Señor. Donde quiera que vayamos, nos encontraremos con personas que, indignadas, denuncian las obvias imperfecciones que tiene la iglesia. Desilusionados, deciden dejar de congregarse porque los hermanos son una verdadera piedra de tropiezo para sus vidas.

¡Tienen razón! La iglesia es todo esto, y mucho más. Si usted está sirviendo a los santos en algún ministerio dentro del cuerpo, muchas veces habrá sentido profunda desesperación por la falta de espiritualidad de ellos. Es posible que más de alguna vez usted mismo haya denunciado la falta de compromiso en el pueblo de Dios. ¡Hasta le puede haber parecido que todo es inútil! La iglesia nunca va a ser diferente a lo que es. Yo sé que más de una vez he luchado con estos sentimientos.

En medio de esa desilusión, Cristo nos habla, y nos dice: « ¡Un momento! Estás hablando de mi novia». Nuestra indignación es tan intensa que insistimos con nuestras denuncias. Y él, de vuelta, nos dice: «Tienes razón, pero ¡yo la amo!

Si lo escuchamos, habremos percibido uno de los grandes misterios del reino: el amor de Dios por su pueblo, por nosotros. No tiene lógica; no tiene explicación; se resiste al análisis. Nos basta con exclamar: ¡Bendito amor celestial, que no se da por vencido a pesar de lo que somos!

Para pensar:

¿Está un poco cansado de la iglesia? ¿Le pesa servir a la novia de Cristo? ¿Por qué no se toma un momento para que el novio le hable de lo mucho que él ama a esta iglesia? Renueve su amor por la novia, pasando tiempo con el novio. Seguramente el novio le dirá: « ¡Si me amas a mí, deberás amar también a mi novia!».