RESUÉLVENOS LOS PROBLEMAS… ¡PERO SALVA A NUESTROS CERDOS!

Cierta vez, cuando Jesús fue a la región de Gadara, un par de hombres poseídos por demonios le salieron al encuentro. Él echo fuera de ellos los demonios y los arrojó a un hato de cerdos. Los cerdos se precipitaron al mar y murieron ahogados (Mateo 8:28-34). Hasta que llegó Jesús, había un problema real en esa comunidad. Cada vez que alguien iba cerca del cementerio, los hombres poseídos salían, salvajes y desnudos, y lo atacaban. Pero la gente no se sintió feliz cuando sus cerdos se ahogaron, aunque con ellos también habían desaparecido los demonios. Querían librarse de los hombres poseídos, pero no querían perder sus cerdos.

endemoniado gadarenoEstas personas me recuerdan a los que quieren que Dios resuelva sus problemas sin que a ellos les cueste nada. Quieren todas las soluciones, pero que sean gratis.

Hay algunas observaciones acerca de este incidente que son evidentes, veamos:

  • La gente misma no estaba dispuesta a pagar el precio necesario para que fuera solucionado su problema. Creo que esa es la lección más obvia. Ellos querían deshacerse de los poseídos, pero también querían salvar sus cerdos.
  •  También es interesante para mí que los hombres que estaban poseídos no habían querido dejar esa región. Querían quedarse allí mismo. Obviamente, sabían que era un buen lugar; habían encontrado presas fáciles en esa área.

Nosotros no queremos ser confrontados con cambios o problemas. Aun cuando Dios mismo los trae a nuestras vidas, queremos escapar de ellos. Deseamos se liberados sin que eso nos perturbe. Queremos los beneficios sin pagar la cuenta.

Queremos éxito sin sacrificio. Pero las cosas no son así. No podemos darnos el lujo de dejarnos llevar a un estilo de vida que coloca al reposo por encima de los resultados. Debemos recibir los cambios que el Espíritu Santo nos presenta y aceptarlos según sus condiciones y no según las nuestras. Y depende de nosotros marcar el paso para quienes nos siguen, cualquiera sea el costo.

¿Qué precio debemos pagar, realmente, para tener credibilidad, poder y autoridad?

Para ser exitoso, usted deberá experimentar muchas incomodidades. Vivimos en una cultura que adora la comodidad. Durante este siglo hemos visto la más grande derrota de la incomodidad de toda la historia de la raza humana. Hemos aprendido a controlar nuestro ambiente con calefacción central y aire acondicionado. Hemos reducido los esfuerzos con máquinas y computadoras. Hemos aprendido a controlar el dolor, la depresión y el estrés. Hasta fabricamos antídotos electrónicos para el aburrimiento, como la televisión y los videojuegos. La mayor parte de estas cosas son para bien, pero lamentablemente nos han creado la impresión de que el propósito de la vida es lograr un estado de nirvana, una total ausencia de lucha o tensión. El énfasis está en consumir, no en producir; en el goce a corto plazo, más que en la satisfacción a largo plazo. Buscamos la gratificación inmediata de nuestros deseos, sin esfuerzos.

Pero la vida no es así; al menos, no para muchos, y no por mucho tiempo. La gran meta de convertirse en lo que uno es capaz de llegar a ser puede lograrse únicamente si estamos dispuestos a pagar el precio, y el precio siempre implica sacrificio, incomodidad, cosas desagradables e incluso dolorosas.

LA CULTURA DE LA GRATIFICACIÓN

Queremos jugar, no deseamos tener responsabilidades. Queremos el puesto y el sueldo, pero no deseamos trabajar.

Veamos la vida del apóstol Pablo, uno de los más grandes líderes del primer siglo. Él entendió, quizá mejor que nadie de su época, lo que es pagar el precio de resolver nuestros problemas. En 2ª Corintios 11:23-29 Pablo describe el precio que pagó por ser apóstol, el costo de su éxito como líder. Hay tres cosas que deseo destacar, mientras estudiamos la relación entre el éxito y la incomodidad.

  • Pablo nos diría que nunca busquemos la comodidad. Cuando vemos todas las aflicciones que debió pasar; podemos ver que él nunca consideró que tenía derecho a reclamar comodidades. Cuando escribió acerca de las veces que fue golpeado, que naufragó y que fue abandonado, no pedía compasión. Simplemente describía las experiencias reales que había vivido. Él comprendía que si la comodidad es nuestra mayor aspiración, nos perderemos las riquezas del reino de Dios.

La mayoría de nosotros por el contrario narramos nuestras desgracias buscando la compasión de los demás. Una persona no puede comprometerse con la comodidad y al mismo tiempo comprometerse con Cristo.

  •  Nunca nos permitamos tener un plan alternativo. Cuando digo esto, no me refiero al aspecto administrativo. Las personas que son sabias reconocen que algo puede salir mal, y deben cubrirse con planes alternativos; pero esto no es una lección sobre administración. Esto es una lección sobre cómo pagar el precio. No hay plan alternativo en lo que respecta al compromiso: o estamos comprometidos, o no lo estamos. Deshágase de las señales de “salida” en su vida. Mientras haya un camino de salida, un escape para casos de incendio, nos sentiremos tentados a utilizarlo en lugar de pagar el precio. No es necesario sobrevivir.

Pablo no necesitó sobrevivir; estaba comprometido más allá del nivel de desear sobrevivir. No tenía planes alternativos que le permitieran escapar.

  • Nunca caigamos en una mentalidad de “mantenimiento”. En ninguna parte encontramos que Pablo estuviera satisfecho con sólo “mantener” el trabajo realizado. Él nunca se conformó con lo bueno, cuando podía trabajar por lo mejor. Continuó esforzándose, sin dejar que sus colaboradores hicieran el trabajo que le correspondía a él. Lo que quiero decir es que Pablo no tenía una mentalidad de “mantenimiento”; su meta no era simplemente que las cosas continuaran como estaban.

Estaba dispuesto a hacer olas y a no caerles simpático a algunos, aunque eso le costara incomodidades. No se contente con “continuar” cuando lo que necesita hacer es esforzarse para avanzar.

La insatisfacción es una herramienta que Dios puede utilizar para motivarnos a lograr cosas mayores.

 

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