LA CAÍDA DE ADÁN Y EVA  Génesis 2.16-17

Después que Dios creó a Adán, le dio algunas órdenes; entre éstas estaba la de no comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. El quid de esto era más que la mera prohibición de comer de cierto fruto; más bien era que Dios estaba poniendo a Adán bajo autoridad para que aprendiera la obediencia. Por una parte, Dios puso a todas las criaturas de la tierra bajo la autoridad de Adán para que éste tuviera dominio sobre ellas; pero por otra parte, Dios puso al mismo Adán bajo su autoridad para que éste obedeciera a la autoridad. Solamente el que se sujeta a la autoridad puede ser autoridad.

Según el orden de la creación de Dios hizo a Adán antes que a Eva. A Adán le dio autoridad y a Eva la puso bajo la autoridad de Adán. Dios puso a estos dos: al uno como autoridad y a la otra para estar sujeta, a su vez Eva fue puesta como autoridad de la creación. Tanto en la vieja creación como en la nueva, este orden de prioridades es la base de la autoridad. Quien fue creado primero debe ser la autoridad; quien fue salvo primero debe serlo igualmente. Por consiguiente, a donde quiera que vayamos, nuestro primer pensamiento debe ser averiguar quiénes son las personas a las cuales Dios quiere que nos sometamos.

La caída del hombre se debió a la desobediencia a la autoridad de Dios. En vez de obedecer a Adán, Eva tomó su propia decisión al ver que el fruto era bueno y agradable a los ojos. Descubrió su cabeza.

El hecho de que comiera del fruto no se originó en la obediencia sino en su propia voluntad. No sólo violó la orden de Dios, sino que también desobedeció a Adán.

Rebelarse contra la autoridad que representa a Dios es lo mismo que rebelarse contra Dios. Al escuchar a Eva y comer del fruto prohibido, Adán pecó directamente contra la voluntad de Dios; por lo tanto, él también fue desobediente a la autoridad de Dios. Esto también fue rebelión. Toda obra debe hacerse en obediencia.

La acción de Eva, sin embargo, no fue gobernada por la sujeción; fue iniciada por su propia voluntad cimentada en los dichos de la serpiente y no en las Palabras del Señor. Ella no se sujetó al orden ni obedeció a su autoridad. En cambio, tomó su propia decisión. Se rebeló contra Dios y cayó. Toda acción que es deficiente en la obediencia es una caída, y todo acto de desobediencia es rebelión.

A medida que se acrecienta la obediencia del hombre, se reducen sus propias acciones. Al principio, cuando comenzamos a seguir al Señor, estamos llenos de actividad pero somos muy poco obedientes. Pero a medida que crecemos en espiritualidad, nuestras propias acciones se reducen gradualmente hasta que obedecemos en todo. Muchos, sin embargo, hacen lo que quieren y rehúsan hacer lo que no les gusta. Jamás reflexionan si acaso actúan obedientemente o no. Por eso muchas obras se hacen por el yo y no en obediencia a Dios.

Lo bueno y lo malo está en las manos de Dios

Las acciones del hombre no deben ser gobernadas por el conocimiento del bien y del mal; deben ser motivadas por un sentido de obediencia. El principio del bien y del mal consiste en vivir según lo bueno y lo malo.

Adán y Eva descubrieron una fuente de bien y de mal en algo diferente de Dios. Por consiguiente, después de la caída los hombres no necesitan hallar en Dios el sentido del bien y del mal. Lo tienen en sí mismos. Esto es el resultado de la caída. La obra de la redención consiste en llevarnos de vuelta adonde ahora hallaremos nuestro bien y mal en Dios.

Los cristianos deben obedecer a la autoridad

No hay autoridad sino de parte de Dios; todas las autoridades han sido instituidas por él. Al hacer una investigación en todas las autoridades hasta llegar a su origen, invariablemente terminaremos en Dios. Dios está por encima de todas las autoridades Y todas ellas están bajo él. Al entrar en contacto con la autoridad, entramos en contacto con Dios mismo.

Básicamente, la obra de Dios no es hecha por el poder sino por la autoridad. El sustenta todas las cosas por la poderosa palabra de su autoridad, así como las creó por la misma palabra. Su palabra de mandato es autoridad (Mateo 8.10).

Entrar en contacto con la autoridad de Dios es lo mismo que tener un encuentro con él. Hoy día el universo está lleno de autoridades establecidas por Dios. Todas las leyes del universo han sido instituidas por Dios. Todo está bajo su autoridad. Cada vez que una persona peca contra la autoridad de Dios, peca contra Dios mismo. Todos los creyentes deben, por lo tanto, aprender a obedecer a la autoridad.

La primera lección que debe aprender un obrero es la obediencia a la autoridad

Estamos bajo la autoridad de los hombres así como tenemos hombres bajo nuestra autoridad. Esta es nuestra posición. Hasta el Señor Jesús, cuando estaba en la tierra, se sometió, no solamente a Dios, sino también a la autoridad de otra persona. La autoridad está por todas partes. Existe en la escuela; en el hogar. El policía de la esquina, aunque tal vez sea menos instruido que usted, ha sido establecido por Dios como autoridad sobre usted. Cada vez que se reúnen algunos hermanos en Cristo se establece de inmediato un orden espiritual.

No debemos ocuparnos en lo correcto o incorrecto, en el bien o el mal; más bien debemos saber quién es la autoridad que está sobre nosotros. Una vez que sabemos a quién debemos sujetarnos descubrimos, naturalmente, nuestro lugar en el cuerpo de Cristo. ¡Ah! ¡Cuántos creyentes no tienen hoy la menor idea con respecto a la sumisión!

No es de extrañarse que haya tanta confusión y desorden. Por esta razón, la obediencia a la autoridad es la primera lección que debe aprender un obrero; y también ocupa ella un lugar importante en la obra misma.

Se debe recobrar la obediencia

Desde la caída de Adán, el desorden ha prevalecido en el universo. Cada cual cree que puede distinguir entre el bien y el mal y juzgar sobre lo correcto e incorrecto. A cada cual le parece que sabe más que Dios. Esta es la insensatez de la caída.

Necesitamos ser librados de tal engaño, porque esto no es otra cosa que rebelión.

LA AUTORIDAD ESPIRITUAL

Nuestro conocimiento de la obediencia es deplorablemente inadecuado. Hay quienes creen que su obediencia es completa cuando obedecen al señor en el bautismo. Muchos estudiantes jóvenes consideran como trato riguroso el mandamiento divino de obedecer a sus maestros. Muchas esposas consideran muy cruel el mandamiento de Dios de someterse a maridos difíciles.

Innumerables creyentes viven hoy en un estado de rebelión; no han llegado todavía a aprender la primera lección de la obediencia.

La sumisión que enseña la Biblia tiene que ver con el someterse a las autoridades establecidas por Dios. ¡Qué superficial era la antigua presentación de la obediencia! La obediencia es un principio fundamental. Si queda sin solución este asunto de la autoridad, nada más se podrá resolver. Así como la fe es el principio por el cual obtenemos la vida, así también la obediencia es el principio por el cual vivimos esa vida. Las divisiones y desórdenes que ocurren actualmente dentro de la iglesia provienen de la rebelión.

Para recobrar la autoridad, es preciso restaurar primeramente la obediencia. Muchos han cultivado el hábito de ser la cabeza, no obstante no haber conocido jamás la obediencia. Debemos, por lo tanto, aprender una lección. Que la obediencia sea nuestra primera reacción. Dios no nos ha retenido nada con respecto a la autoridad. Ya nos ha mostrado cómo debemos someternos a la autoridad directa así como a la indirecta. Muchos aparentan saber obedecer a Dios; pero en realidad no saben nada en cuanto a obedecer a la autoridad delegada de Dios. Dado que todas las autoridades proceden de Dios, debemos aprender a obedecerlas a todas. Los problemas que enfrentamos en nuestros días se deben a hombres que viven al margen de la autoridad de Dios.

No hay unidad del cuerpo sin autoridad de la Cabeza

Dios está ocupado en recobrar la unidad del cuerpo. Pero para lograr esto, debe existir primero la vida de la Cabeza, seguida luego por la autoridad de esta Cabeza. Sin la vida de la Cabeza, no puede haber cuerpo. Sin la autoridad de la Cabeza, no puede haber unidad en el cuerpo.

Dios quiere que obedezcamos a sus autoridades delegadas tanto como a Él. Todos los miembros del cuerpo deben someterse unos a otros. Cuando así ocurre, el cuerpo es uno consigo mismo y con la Cabeza. Cuando prevalece la autoridad de la Cabeza, se cumple la voluntad de Dios. De esta manera sí que la iglesia llega a ser el reino de Dios.

Algunas lecciones sobre la obediencia

Tarde o temprano, los que sirven a Dios deben tener un encuentro con la autoridad en el universo, en la sociedad, en el hogar, en la iglesia. ¿Cómo puede uno servir y obedecer a Dios si jamás ha tenido un encuentro con la autoridad de Dios?

Esto es más que un simple asunto de enseñanza o doctrina, porque una enseñanza puede ser abstracta. Algunos creen que es muy difícil saber obedecer a la autoridad; pero si hemos tenido un encuentro con Dios, la dificultad desaparece. No hay nadie que obedezca a la autoridad de Dios sin que la misericordia de Dios descanse sobre él. Aprendamos, por lo tanto, algunas lecciones:

  1. Tengamos un espíritu de obediencia.
  2. Practiquemos la obediencia. Algunas personas son como los salvajes que simplemente no pueden obedecer. Pero los que se han ejercitado en la obediencia no se sienten obligados, sea cual fuere el lugar en que se les ponga. Con toda naturalidad pueden vivir una vida obediente
  3. Aprendamos a ejercer la autoridad delegada. El que trabaja para Dios necesita, no solamente aprender a obedecer a la autoridad, sino también aprender a ser la autoridad delegada de Dios en la iglesia y en el hogar. Una vez que hayamos aprendido a estar bajo la autoridad de Dios, nos estimaremos como nada, incluso después que Dios nos confíe mucho.

Algunos aprenden solamente la obediencia y no saben ejercer la autoridad cuando se les envía a trabajar en algún lugar. Es necesario aprender a estar bajo autoridad como así también a ejercerla. La iglesia sufre por causa de muchos que no saben obedecer; pero es igualmente perjudicada por causa de algunos que no han aprendido a estar en autoridad.

El fracaso de la autoridad delegada pone a prueba la obediencia

En el huerto del Edén, Adán cayó. En la viña, Noé también fue derrotado; pero por causa de la justicia de Noé, Dios salvó a su familia. En el plan de Dios, Noé era la cabeza de la familia. Dios puso a toda la familia bajo la autoridad de Noé, y también puso a Noé por cabeza del mundo de aquel tiempo.

Pero un día, Noé se embriagó en su viña y quedó descubierto en medio de su tienda. Cam, su hijo menor, vio la desnudez de su padre y se lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. En lo que a la conducta de Noé respectaba, ciertamente él actuó mal; no debió haberse embriagado. Pero Cam no vio la dignidad de la autoridad. El padre es la autoridad instituida de Dios en el hogar; pero la carne se deleita en ver un defecto en la autoridad con el fin de eludir toda restricción. Cuando Cam vio la conducta impropia de su padre, no tuvo ni el más leve sentimiento de vergüenza o pesar, ni procuró tampoco encubrir la falta de su padre. Esto revela que Cam tenía un espíritu rebelde.

Más bien, salió y habló con sus hermanos, señalándoles la fealdad de su padre y trayendo sobre sí mismo el pecado de la injuria (aunque hay una segunda interpretación sobre el mismo hecho con connotación sexual). Notemos, sin embargo, cómo manejaron Sem y Jafet la situación. Ellos entraron en la tienda caminando para atrás, evitando así ver la desnudez de su padre, y lo cubrieron con la ropa que se habían puesto sobre sus hombros.

Se ve, pues, que la falta de Noé fue una prueba para Sem, Cam, Jafet y Canaán, el hijo de Cam. Este hecho reveló quién era obediente y quién rebelde. La caída de Noé dejó ver la rebelión de Cam.

Después de que Noé despertara de su embriaguez, profetizó que los descendientes de Cam serían malditos y que vendrían a ser siervos de los siervos de sus hermanos (Génesis. 9.20-27).

El primero que en la Biblia llegó a ser esclavo fue Cam. Tres veces se pronunció la sentencia de que Canaán sería esclavo. Esto quiere decir que el que no se somete a la autoridad será esclavo del que sí la obedece. Sem sería bendito. Hasta nuestro Señor Jesucristo descendió de Sem.

Jafet fue destinado a predicar a Cristo, y así es como las naciones que hoy difunden el evangelio pertenecen a los descendientes de Jafet.

El primero en ser maldito después del diluvio fue Cam. Como no conoció la autoridad, fue puesto bajo autoridad durante las generaciones futuras.

Todos los que desean servir al Señor necesitan tener un encuentro con la autoridad.

Nadie puede servir en el espíritu de anarquía.

Por qué fueron quemados Nadab y Abiú.

¡Cómo da que pensar la historia de Nadab y Abiú! Ellos servían como sacerdotes, pero no porque fueran personalmente rectos sino porque pertenecían a la familia que Dios había escogido. Dios había puesto a Aarón por sacerdote y el aceite de la unción había sido derramado sobre su cabeza.

En todos los asuntos del servicio, Aarón era el jefe; sus hijos eran ayudantes que servían junto al altar obedeciendo órdenes de su padre. Dios nunca tuvo la intención de dejar que los hijos de Aarón sirvieran independientemente, sino que los puso bajo la autoridad de su padre. Doce veces se menciona a Aarón y a sus hijos en Levítico 8.

Si Aarón no hacia ningún movimiento, sus hijos tampoco debían moverse.

TODO COMENZABA CON AARÓN, NO CON SUS HIJOS.

Si ellos se aventuraran a ofrecer sacrificios por sí mismos, ofrecerían fuego extraño. Fue precisamente esto, sin embargo, lo que hicieron Nadab y Abiú, hijos de Aarón. Ellos creían que podían ofrecer sacrificios por sí mismos; así que los ofrecieron sin que Aarón se los ordenara. Fuego extraño significa servir sin haber recibido órdenes, servir sin obedecer a la autoridad. Nadab y Abiú habían visto a su padre ofrecer sacrificios; para ellos, esto era muy sencillo. Así que supusieron que podían hacer lo mismo. En lo único que pensaron fue en si eran capaces o no de hacer lo mismo. No vieron al que representaba la autoridad de Dios (Levítico 10.1-2).

La obra de Dios es la coordinación de la autoridad

Nadab y Abiú actuaron aparte de Aarón; en consecuencia, actuaron independientemente de Dios. La obra de Dios debía coordinarse bajo la autoridad: Dios quería que Nadab y Abiú sirvieran bajo la autoridad de Aarón, Notemos en el Nuevo Testamento cómo Bernabé y Pablo, Pablo y Timoteo, y Pedro y Marcos trabajaron juntos. Algunos tenían responsabilidades mientras otros asistían. En su obra Dios pone a algunos para estar en autoridad junto con otros que deben estar bajo autoridad. Dios nos llamó a ser sacerdotes según el orden de Melquisedec; por consiguiente, debemos servir a Dios según el orden de la autoridad coordinada.

El que desordenadamente levanta su cabeza y actúa en forma independiente está en rebeldía, la consecuencia de lo cual es la muerte. Todo aquel que trate de servir sin tener primero un encuentro con la autoridad, ofrece fuego extraño,

Cualquiera que diga “Si él puede, yo también”, está en rebelión. Dios no sólo cuida de ver que haya fuego, sino que también está muy interesado en prestar atención a la naturaleza del fuego. La rebelión cambia la naturaleza de un fuego. Lo que no había sido ordenado por Jehová ni por Aarón era fuego extraño. Lo que Dios busca no es el sacrificio sino mantener la autoridad. Por consiguiente, los hombres deben aprender a ser seguidores, a desempeñar un papel secundario para siempre.

Nadab y Abiú no estaban coordinados con Aarón, por lo cual tampoco estaban coordinados con Dios. No debieron haber dejado a Aarón y servir independientemente. Los que no acataran la autoridad serían consumidos por el fuego que saldría de delante de Dios. Y aunque Aarón no se dio cuenta de la gravedad de este asunto, Moisés sí entendió lo serio que era rebelarse contra la autoridad de Dios. Muchos tratan hoy de servir a Dios en forma independiente. Jamás han estado sujetos a la autoridad y sin saberlo pecan contra la autoridad de Dios.

Al hablar contra la autoridad representativa se incurre rebeldía

Aarón y María eran hermanos mayores de Moisés. En consecuencia, Moisés debía estar sujeto a la autoridad de ellos en el hogar. Pero en el llamamiento y obra de Dios, ellos debían someterse a la autoridad de Moisés. Aarón y María no estaban contentos con la mujer etíope con la cual se había casado Moisés; así que hablaron contra él, diciendo: “¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?” Un etíope es un africano, un descendiente de Cam. según sus hermanos Moisés no debió haberse casado con esta mujer etíope.

Como hermana mayor, María podía exhortar a su hermano en base a su relación familiar si es que tenía dudas, pero cuando abrió su boca para denigrar a su hermano aludió a la obra de Dios, objetando así la posición de Moisés.

Dios había encomendado su autoridad delegada en la obra a Moisés. ¡Qué malo fue que Aarón y María atacaran la posición de Moisés en base a un problema familiar! No obstante despreciar María a su hermano, era Dios quien había escogido a Moisés para sacar al pueblo de Israel de Egipto. Por eso Dios estaba sumamente disgustado con ella. María podía tratar con su hermano; pero no podía injuriar a la autoridad de Dios. El problema consistió en que ni Aarón ni María reconocieron la autoridad de Dios.

Al basarse en un fundamento puramente natural, concibieron un corazón rebelde. Pero Moisés no protestó. Sabía que si Dios lo había levantado para ser la autoridad, no necesitaba defenderse.

Todos los que lo injuriaran hallarían la muerte. Puesto que Dios le había dado autoridad, podía guardar silencio. Un león no necesita protección, ya que tiene consigo plena autoridad. Moisés podía representar a Dios en la autoridad porque se había sometido primeramente a la autoridad de Dios, pues era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la faz de la tierra. La autoridad que Moisés representaba era la de Dios y nadie puede quitar la autoridad que Dios ha dado.

La autoridad es opción de Dios, no logro del hombre

Dios citó a los tres al tabernáculo de reunión. Aarón y María fueron sin vacilar, porque creían que Dios debía estar de parte de ellos y también porque tenían mucho que decirle a Dios, puesto que Moisés había causado todos estos disturbios en la familia por haberse casado con una mujer etíope. Pero Dios proclamó que Moisés era su siervo, quien era fiel en toda su casa. ¿Cómo se atrevían a hablar contra su siervo? La autoridad espiritual no es algo que uno logra por sus propios esfuerzos. Es dada por Dios a quien él escoge. ¡Qué diferente es lo espiritual de lo natural!

Dios mismo es la autoridad. Guardémonos de ofender. Todo aquel que habla contra Moisés habla contra el escogido de Dios. Jamás despreciemos al vaso escogido de Dios (Números 12).

Además de la autoridad directa, debemos someternos a la autoridad representativa

Muchos se consideran personas obedientes a Dios cuando en realidad no saben nada de someterse a la autoridad delegada de Dios. El que de veras es obediente verá la autoridad de Dios en toda circunstancia, en el hogar y en otras instituciones.

Dios preguntó: “¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés?” Debe prestarse especial atención cada vez que se profieren palabras injuriosas. Tales palabras no debieran hablarse ociosamente. La injuria prueba que dentro de uno hay un espíritu rebelde, el cual es el germen de la rebelión. Debemos temer a Dios y no hablar descuidadamente.

Pero hoy hay quienes hablan contra los ancianos de la iglesia u otras personas que están sobre ellos y no se dan cuenta de la gravedad de hablar así.

Rebelión colectiva

Un ejemplo de rebelión colectiva se registra en el capítulo 16 del libro de Números. Coré y su compañía pertenecía a los levitas; por consiguiente, representaban a los individuos espirituales. Por otra parte, Datán y Abiram eran hijos de Rubén y, por tanto, representaban a los dirigentes. Todos éstos, junto con 250 dirigentes de la congregación, se reunieron para rebelarse contra Moisés y Aarón. Arbitrariamente atacaron a ambos, diciendo: “¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación, todos ellos son santos, y en medio de ellos está Jehová; ¿por qué, pues, os levantáis vosotros sobre la congregación de Jehová?” (Versículo 3).

Fueron irrespetuosos con Moisés y Aarón. Puede que hayan sido muy honestos en lo que decían, pero les faltó ver la autoridad del Señor. Ellos consideraron este asunto como un problema personal, como si no hubiera autoridad entre el pueblo de Dios. En su ataque no mencionaron la relación de Moisés con Dios ni el mandamiento de Dios.

No obstante, aún bajo estas graves acusaciones, Moisés no se enojó ni perdió la paciencia. Simplemente se postró sobre su rostro delante del Señor. Puesto que la autoridad pertenece al Señor, él no usaría ninguna autoridad ni haría nada por sí mismo. Así pues, Moisés les dijo a Coré y a su séquito que esperaran hasta el día siguiente, cuando el Señor mostraría quién era suyo y quién era santo. Así contestó al mal carácter con un buen espíritu.

Lo que Coré y su séquito dijeron estaba basado en su aparente razón y la conjetura. Sin embargo, Moisés contestó: “Jehová mostrará quién es suyo y quién es santo, y hará que se acerque a él” (Versículo 5). La disputa no era con Moisés, sino con el Señor. El pueblo creía que sencillamente se oponía a Moisés y a Aarón; no tenían ni la más leve intención de ser rebeldes a Dios, pues todavía deseaban servirle. Simplemente desdeñaban a Moisés y a Aarón.

Pero Dios y su autoridad delegada son inseparables. No es posible mantener una actitud hacia Dios y otra hacia Moisés y Aarón. Nadie puede rechazar la autoridad delegada de Dios con una mano y recibir a Dios con la otra. Si quisieran someterse a la autoridad de Moisés y Aarón, entonces sí estarían bajo la autoridad de Dios.

Moisés, sin embargo, no se exaltó por causa de la autoridad que Dios le había dado. Al contrario, se humilló bajo la autoridad de Dios y contestó a su acusador con mansedumbre, diciéndole:

“Haced esto: tomaos incensarios, Coré y todo su séquito, y poned fuego en ellos, y poned en ellos incienso delante de Jehová mañana; y el varón a quien Jehová escogiere, aquel será el santo” (versículos 6-7). Siendo Moisés más maduro, previó las consecuencias; así que, suspirando, dijo:

“Oíd ahora, hijos de Leví: ¿Os es poco que el Dios de Israel os haya apartado de la congregación de Israel, acercándoos a él para que ministréis en el servicio del tabernáculo de Jehová, y estéis delante de la congregación para ministrarles? Por tanto, tú y todo tu séquito sois los que os juntáis contra Jehová” (versículos 7-11).

Datan y Abiram no estaban presentes en ese momento, porque cuando Moisés envió a llamarles rehusaron venir; pero se quejaron, diciendo: “¿Es poco que nos hayas hecho venir de una tierra que destila leche y miel (Egipto), para hacernos morir en este desierto. . .?  ¿Sacarás los ojos de estos hombres?” (Versículos 13-14). Su actitud era muy rebelde. No creían en las promesas de Dios; lo que buscaban era la bendición terrenal. Olvidaron que era por su propia falta que no habían entrado en Canaán; en cambio, hablaron rudamente contra Moisés.

Dios eliminó la rebelión de su pueblo

En este momento se encendió la ira de Moisés. En vez de hablarles, oró a Dios. ¡Cuántas veces la rebelión del hombre fuerza la mano judicial de Dios! Diez veces los israelitas habían tentado a Dios y cinco veces le habían desobedecido, Y Dios tuvo paciencia y los perdonó; pero Dios juzgó esta rebelión diciendo: “Apartaos de entre esta congregación, y los consumiré en un momento” (véase el versículo 21). El destruiría la rebelión de entre su pueblo. Pero Moisés y Aarón se postraron sobre sus rostros y oraron, diciendo: “¿No es un solo hombre el que pecó? ¿Por qué airarte contra toda la congregación?” (Versículo 22).

Dios contestó la oración de ellos; pero juzgó a Coré y a su séquito. La autoridad que Dios había instituido era la persona a quien Israel debía escuchar. Hasta Dios mismo dio testimonio ante los israelitas de que él también aceptaba las palabras de Moisés.

La rebelión es un principio infernal. Como esta gente se rebeló, se abrió la puerta del Seol. La tierra abrió su boca y tragó a todos los hombres del séquito de Coré, Datán y Abiram y a todos sus bienes. En consecuencia, ellos y todo lo que les pertenecía descendieron vivos al Seol (versículos 32-33).

Las puertas del Hades no prevalecerán contra la iglesia; pero un espíritu rebelde puede abrir sus puertas. Una razón por la que a veces la iglesia no prevalece es la presencia de los rebeldes.

La tierra no abrirá su boca a menos que haya un espíritu rebelde. Todos los pecados liberan el poder de la muerte; pero el pecado de rebelión lo hace mucho más. Sólo los obedientes pueden cerrar las puertas del Hades y liberar la vida.

Los obedientes siguen la fe, no la razón

Para los israelitas no era fuera de razón el quejarse de que Moisés no los hubiera traído a una tierra que fluía leche y miel ni les hubiera dado una herencia de campos con viñedos.

Todavía estaban en el desierto y, sin embargo, tenían que entrar a la tierra que destilaba leche y miel. Pero notemos esto: el que anda por la razón y la vista sigue el camino de la razón; sólo el que obedece a la autoridad es el que entra a Canaán por la fe. Nadie que siga la razón podrá andar por la senda espiritual, porque ésta es superior al razonamiento humano.

Solamente los fieles pueden disfrutar de la abundancia espiritual, los que por la fe aceptan la columna de nube y fuego, y la dirección de la autoridad delegada de Dios tal como la que Moisés representaba.

La tierra abre su boca para apresurar la caída de los desobedientes en el Seol, porque ellos van por el camino de la muerte. Los ojos de los desobedientes son muy penetrantes; pero ¡ay! todo lo que ven es la aridez del desierto. Aunque parezcan ciegos los que proceden por la fe, pues no notan la aridez que hay delante de ellos, con los ojos de la fe ven la promesa mejor que tienen por delante. Y así entran a Canaán.

Por lo tanto, los hombres deben estar sujetos a la autoridad de Dios y aprender a ser dirigidos por la autoridad delegada de Dios. Los que solamente se enfrentan con padres, hermanos y hermanas no saben lo que es la autoridad, y consiguientemente no han conocido a Dios.

En resumen, entonces, la autoridad no es un asunto de instrucción externa sino de revelación interna.

La rebelión es contagiosa

Hay dos ejemplos de rebelión en Números 16. Del versículo 1 al 40 se rebelaron los dirigentes; del 41 al 50, toda la congregación.

El espíritu de rebelión es muy contagioso. El juicio de los 250 dirigentes que ofrecieron incienso no trajo ninguna tregua a la congregación. Todavía eran muy rebeldes, afirmando que Moisés había dado muerte a sus dirigentes. ¡Pero Moisés y Aarón no mandaron que la tierra abriera su boca! Fue Dios quien lo ordenó. ¡Moisés no pudo hacer que descendiera fuego y consumiera al pueblo! El fuego vino del señor Dios.

Los ojos humanos solamente ven a los hombres; no saben que la autoridad viene de Dios. Tales personas son tan audaces que no tienen temor, aunque hayan visto el Juicio. ¡Qué peligroso es el desconocimiento de la autoridad! Cuando toda la congregación se juntó contra Moisés y Aarón, apareció la gloria del Señor. Esto demostró que la autoridad era de Dios. El Señor salió a ejecutar juicio. Comenzó una plaga y murieron 14.700 personas como consecuencia de ella. En medio de todo esto, la espiritualidad de Moisés se encontraba muy elevada; inmediatamente le pidió a Aarón que tomara su incensario y pusiera en él fuego del altar, y sobre él pusiera incienso y lo llevara rápidamente a la congregación para hacer expiación por ellos. Y cuando Aarón se puso entre los muertos y los vivos, cesó la mortandad.

Dios pudo soportar sus murmuraciones en el desierto muchas veces; pero no permitiría que resistieran a su autoridad. Dios puede tolerar y soportar muchos pecados, pero no puede tolerar la rebelión, porque ésta es el principio de la muerte, el principio de Satanás. En consecuencia, el pecado de rebelión es más grave que cualquier otro pecado. Cada vez que el hombre resiste a la autoridad, Dios ejecuta juicio de inmediato. ¡Qué solemne es esto!